martes, 28 de junio de 2011

Memoria selectiva


Es inicios de invierno en Lima y hace un poco más de frio que el último invierno que pase en la ciudad, hace ya muchos años. La ciudad ha cambiado mucho en los años que pase afuera y hoy tiene la elegancia insipiente de una ciudad global, tal vez la más wannabe de Latinoamérica. Recorro el olivar con las manos en los bolsillos del abrigo, observando los nuevos edificios de departamentos y a los vecinos que salen a correr o a pasear con sus familias. De pronto alguien se me acerca, es un hombre de más de ochenta años que me reconoce y saluda. Dice saber quién es mi padre y haberme visto desde muy pequeño. Le digo que se debe haber confundido, que hace muchos años que no vivo ni visito Lima y que aun cuando vivía aquí lo hacía en Pueblo Libre y no aquí, en San Isidro. El hombrecillo insiste empecinado pero no logra aportar prueba alguna sobre su vinculación pasada con mi familia así que decido tomarlo por orate y continuar con mi paseo.

Al día siguiente lo vuelvo a ver y me saluda con una mirada triste y un gesto melancólico. Pareciera recordar un instante sombrío y frio en mi pasado, pero otra vez no logro adivinar el final de su mirada. Me siento en una banca desde la cual lo puedo ver pero él se encuentra de espaldas y no me ve más. Coge un cigarrillo y lo fuma con pausa y pesadez. Por un instante deja la cegadora que tenía en brazos y se para a observar a las hojas que caen de los árboles, una más amarillenta y seca que la otra. Lo olvidaba, el invierno se ha hecho más bello en Lima de lo que lo recordaba.

El hombre entra en una pequeña casa de color verde – un verde claro, casi turquesa – y cierra la pequeña puerta de roble con mucha suavidad y hasta cariño. Pienso, los hombres también profesan amor por los objetos, como este hombre por la puerta.
Me llama Daniela, quiere verme y tomarse un café conmigo. Me acusa de ingrato por estar en Lima desde hace más de dos semanas sin siquiera haberla llamado. Está muy bonita y el embarazo la hace ver resplandeciente y feliz. Me recuerda que yo le dije que en mis planes no estaba el tener niños, y que lo más probable es que llegara a los cuarenta años fumando solo alrededor de bellas avenidas elegantemente decoradas. Asiento con la cabeza. Hoy tengo cuarenta y dos años y ningún hijo. Dos divorcios a cuestas y la certeza irreprimible de que el matrimonio es la institución más irracional desde que los hombres pueblan la tierra.

Luego hablamos de política. Ambos odiamos la política porque nos recuerda lo lejos que esta la teoría dela práctica, aun en el Perú de hoy, tan distinto y pretencioso al que había dejado. Me dice que los escándalos de corrupción han seguido repitiéndose a una periodicidad de dos por cada año, y un mega escandalo cada tres años. Es gracioso pero la estadística parece aportar respuestas que la esperanza trata a toda costa de evitar. Entre los miles de casos de corrupción cotidiana, solo una pequeña fracción tiene la probabilidad de ser descubierta, y esos son los de los escándalos.

Le digo a Daniela que muy en serio me siento feliz y orgulloso por ella. Ella baja la mirada. Creo que es probable que también recuerde algo oscuro y maléfico en mi pasado, algo que no me ha contado. Le hablo sobre el hombre que me saluda los días en que camino por el Olivar y me dice que debe haberse confundido de persona, a esa edad la demencia senil hace estragos y es probable que crea que soy su nieto, hijo o sobrino lejano. Pero apenas termina de decirme esto esquiva mi mirada y hace un comentario sobre el nuevo café que está en frente del de siempre, donde nos encontramos sentados.

Repito la mecánica de estos hechos con una habitualidad graciosa y mis días en Lima se alargan sin posibilidad de un final cercano. No me importa más conocer el mundo y sus exotismos, hay muchas cosas que aún no conozco de la ciudad. Con el tiempo recibo las llamadas de personas que recordaba muy difusamente y nos encontramos para comentar el devenir de nuestras vidas. Algunos se han hecho hombres de negocios, otros, literatos, profesores, intelectuales, incluso uno de ellos tuvo un paso frustrado por el futbol. Una de mis mejores amigas es ahora congresista y mi política de diplomacia me impone el deber de no hacer comentarios políticos cuando hablo con ella.

¡Que frio se ha puesto el invierno! Día tras día se me hace más difícil mantener la rutina de despertarme temprano para hacer mis caminatas. El hombre de la puerta de roble a la cual le tiene mucho cariño me sigue saludando con el mismo entusiasmo y me pregunto si no se aburre de hacer lo mismo desde hace tanto tiempo (para ello asumo que lo venía haciendo desde antes de que lo viera por primera vez).

Dos días antes de mi partida, cuando me había habituado a la melancolía de Lima, una dimensión que jamás había encontrado en esta ciudad, el hombre se me acerca y me pregunta porque regrese. La pregunta me toma por sorpresa porque ni yo lo sé, no sé porque he vuelto ni sé que pasó en mi vida mientras vivía aquí en Lima. Mi título profesional dice que era alumno de comunicaciones de la universidad católica y que me fui a hacer postítulos a Europa y Estados Unidos. Son momentos que no recuerdo, de los cuales no guardo ni siquiera instantes fotográficos. Las últimas imágenes que tengo de Lima son las del colegio, pero la realidad se ve distorsionada por los excesos juveniles y Lima aparece en aquellos recuerdos como una ciudad mucho más caótica de lo que hoy es. El hombre regresa al tema y me dice que soy hijo de un diplomático asesinado en su casa cuando su hijo mayor - yo – se encontraba regresando de clases en la universidad. Me dice que cegado por el dolor y la furia perseguí al asesino y lo amarre al respaldar de una silla donde lo golpee hasta que murió. Que inmediatamente después me desmayé y desperté en una celda. Que escapé y desde entonces no han sabido nada de mí. Que mi novia – Daniela – me ha buscado desde entonces pero que en algún punto la rutina la venció e inicio una vida estable y agradable en la ciudad. El hombre termina de contarme eso y se pone a llorar. Al parecer era jardinero de mi padre y él era un buen hombre, lo que llamaríamos una persona justa.

De manera abrupta reinicio mi camino. Ese hombre está loco, no está hablando de mí.

lunes, 27 de junio de 2011

Valium


Son las 9 de la mañana y debe ser un día muy frio. En el sol ya no se puede confiar para adivinar el inicio del día porque en Lima nunca sale en invierno. Salvo el invierno en el que la conocí. Pero esta es otra historia, no de amor sino de Valium.

Abro con mucho esfuerzo los ojos y veo un gnomo histérico que me mira sonriendo y con un chipote chillón en las pequeñas y regordetas manos. Pienso que los gnomos son grotescos pues sus facciones no son propias de sus pequeños tamaños, pero aun así siguen siendo el aditamento de jardín más vendido alrededor del mundo. Pienso en el gnomo de la película Amelie y en sus viajes ficticios alrededor del mundo. El mío no viaja, solo esta con cara de exceso de cafeína parado mirándome fijamente a los ojos toda la noche, mientras la maldita pastilla me va haciendo efecto y llevándome a un sueño pesado a la fuerza.

Me intento levantar pero mis piernas aun no responden así que decido estirarme un poco, y entonces, el proyecto de un par de estirones antes de pararme e irme a bañar se convierte en unos quince minutos de acrobáticos estiramientos y movimientos de contorsionista que no podré repetir en todo el día sin desgarrarme un musculo. Puta madre, cada vez soy más perezoso y me demoro más en levantarme. En el colegio mi viejo me despertaba con la precisión de un reloj suizo recién afinado a las 6.25 de la mañana, y yo debía suponer que los últimos cinco minutos eran de regalo por mi buen comportamiento. Reconozco que profesaba por el un visceral odio que duraba una hora y veinte minutos, pero que después lo perdonaba, y para ser sinceros, el redimía sus pecados comprándome algún pequeño juguete o llevándome a pasear en el auto.

Ya me levante y estoy parado en medio de mi habitación. Por un exabrupto del que ahora me arrepiento patee al indefenso – pero aun así hijoeputa – gnomo y cayó al piso quebrándosele el sombrero. Pienso que los símbolos de poder fálico de los gnomos han de ser sus sombreros, tan grandes, erectos y verdosos. No solo gana el pequeñín con el sombrero más vistoso sino el que tiene el más grande, quien sonríe con la seguridad de un macho alfa.

La ciudad se ve distorsionada allá afuera. Ya pasó la hora punta en la avenida así que mientras dormía debían sucederse sonidos de claxon de lo más bizarros y todas las tonalidades de voces de cobrador posible, porque si hay algo que vence las barreras del tiempo y la distancia son las sepulcrales y espeluznantes voces de los cobradores. Pero no vencen mi sueño artificial.

Recuerdo haber sentido mucho miedo mientras dormía pero ahora no recuerdo porque. Debe haber sido la pesadilla recurrente que tengo desde hace muchos años y de la cual solo recuerdo el abrupto final desde 11 centésimas de segundo antes que todo termine, eso me ha llevado a coleccionar libros de lo más selecto de la doctrina interpretativa de sueños. Desde “1000 sueños recurrentes” hasta “El significado oculto de sus sueños”. Con el inicio del insomnio me convertí también en consumista voraz de las novedades al respecto en las librerías de la ciudad. Por primera vez en mi vida podía decirse que era un consumista de algo, de libros sobre sueños.

Hoy la puerta de mi habitación está más lejos que de costumbre y me cuesta sobremanera llegar a ella esquivando los restos de la virilidad destrozada del gnomo que aun así sonríe en el piso. Olvido que mi pequeño escritorio estaba en el camino hacia la puerta y golpeo sus patas con mi pie descalzo y frío

- ¡aaaaau!, puta maaaadre

Lo próximo que digo no tiene valor literario ni lingüístico alguno y corresponde a una serie infinita de diatribas en contra de Jesús, María, Mahoma, Buda y el presidente del Perú, Chile, EEUU, Alemania y Tayiquistán, además de una empresa llamada “Easy house” que, al parecer, tiene una planta de fabricación de muebles desarmables en Taiwán. Malditos taiwaneses pienso, debería venir la enorme y mítica China revolucionaria y arrasarlos en una batalla para recuperar sus dominios (llena de dragones y ataques de anime). Luego del dolor me persigno, Dios es bueno y dije cosas malas, y en verdad me caen bien los taiwaneses, en especial cuando construyen edificios de gran altura en sus ciudades y cuando fabrican muebles prácticos y durables.

Mama me llama desde su congreso de finanzas en Madrid y me pregunta por María. Le digo que no sé nada de ella desde hace tres meses y que lo último que tengo es una carta en la que me explica muchas cosas que aun no entiendo y que por ahora no me interesa entender. En ese punto recuerdo el último día en el que vi al sol en invierno y me veo con mucho frio sentado frente al mar viendo los autos en una hilera desordenada a lo largo de la costa verde. Y veo a María al costado con los ojos cerrados y sonriendo, no recuerdo más.

Le digo a mama que no olvide confirmar la reserva de su vuelo de vuelta y que yo los visitare en Miami el próximo año cuando termine cosas del trabajo. Ella me pregunta si estoy enfermo y le digo que no, que mi estupidez transitoria es producto del bendito-maldito Valium, que ella sabe que me despierto desorientado y que me toma unos 8 o 10 minutos el tomar plena conciencia y comenzar en serio mis días. Me arrepiento de haber dicho eso. Comenzar mis días suena cliché y banal. Uno no comienza nada después de nacer, solo continua y lo hace así hasta que muere. ¿O acaso uno comienza a morir el día en que muere? No lo creo, uno simplemente termina de vivir. Así que no hay tal cosa como comenzar mi día.

Mama se ríe de lo último que le digo y me aconseja dejar de pensar en boludeces e irme a bañar. Cuelgo el teléfono y voy por un té a la cocina. Miro la ventana y un sol incipiente comienza a alumbrar la avenida y yo recuerdo otra vez el día de invierno con sol del pasado mítico. Entonces tocan el timbre de la puerta y yo sé quién es, porque ella solo regresa los días de invierno en los que sale el sol, y este es uno de ellos.

miércoles, 22 de junio de 2011

Chiapas 93


El gringo Mark era una persona extraña. Lo conocí en el aeropuerto de Denver en 1993 mientras yo esperaba mi conexión a Nueva York y de ahí de vuelta a Lima. Ambos nos habíamos quedado sin dinero así que debíamos esperar nuestros vuelos en las bancas del aeropuerto mientras la televisión pasaba imágenes de medio oriente y a un analista político de Stanford decía que era cuestión de tiempo para que la paz y la democracia llegaran a estas regiones del mundo. Mark miraba atento la televisión mientras yo tomaba apuntes en una pequeña libreta para algún día escribir una crónica sobre cómo se siente pasar la noche en un aeropuerto.
Algo en mi caligrafía enigmática debió de haber atraído su atención y se presentó:

- Hi, Mark Nozick

Usualmente las personas no hablan en los aeropuertos, así como en los buses, el metro, los ascensores o las escaleras eléctricas. Mark no comprendía la lógica del sistema capitalista del aislamiento: necesitamos esos momentos de ensimismamiento y solipsismo para digerir al mercado, necesitamos retraernos en nosotros mismos para poder continuar, el mundo esta tan lleno de comunicación que los silencios son un bien escaso y preciado. En pocas palabras, no tenía ni la más puta gana de responderle, pero aun así, lo hice:

- Perdón, no hablo ingles…
- Ahhh, no hay problema amigou, yo hablo un poco de espaniol, ¿Qué escribes?...

¿Nunca les ha ocurrido que se reprochan una decisión apresurada en la vida? A mí me paso con Mark. Jamás me imagine que supiera español, pensé que – por alguna extraña circunstancia – nunca había tenido algún tipo de contacto con algún mexicano o latinoamericano, que no le interesaba el español, que era racista, xenófobo, que ideaba planes secretos para torturar sudacas como yo. Pero no, a Mark le gustaba lo hispano, le atraía, y mi respuesta había resultado ser el percutor de una verborrea inacabable. Durante aproximadamente tres horas, lo cual implicaba una repetición del noticiero de la noche pasando las mismas noticias que ya había visto, Mark me hablo de la historia de México, de movimientos sociales en Argentina y de la oposición chilena brutalmente reprimida durante la dictadura de Pinochet.
Mientras él hablaba solo había una idea fija en mis pensamientos: la banalización del mal. Debía haberme acostumbrado a los horrores que Mark me relataba porque a mí me parecía que Latinoamérica no la pasaba tan mal y que los dictadores eran muy hijo de putas, pero tanto como los presidentes democráticos. En mi mediatizada cabeza – además anacrónica para 1993 – los malos de la película seguían siendo los comunistas y sus sistemas envidiosos de repartición del capital.

Mark era miembro de un pequeño corpúsculo de izquierda radical de la Universidad de Illinois, con tendencias anarquistas en el ala moderada y primitivistas en la más radical – los radicales de los radicales - y lo más subversivo que había hecho en su vida fue tirar pintura verde a la fachada de la casa de un senador republicano en 1991. A mis ojos era un gringo pelotudo. Nada más que eso.

Sin embargo, veía algo de mi viejo en su discurso inflamado (e ingenuo). Desde su perspectiva, el mundo seguía teniendo una finalidad. Por instantes sentía las irrefrenables ganas de decirle ¿Crees en dios, en el desenvolvimiento del espíritu, en Buda…te drogas? Pero si algo había aprendido como peruano exiliado de mi país es a ser un neutral político y muy diplomático. Dosificaba las sonrisas, asentía con la cabeza cada aseveración de Mark y de cuando en cuando le daba la razón de manera autentica porque los locos tienen algo de cordura en sus pensamientos desmesurados.
Mark esperaba un vuelo a Ciudad de México y desde ahí a Cuba. De pronto la escena se me pinto cliché: un tipo de izquierda que escapa del monstruoso e insaciable Tío Sam y llega al paraíso del corporativismo, la isla de Cuba. Pensé en lo gracioso de la circunstancia y en que lo mismo debió creer un escéptico como yo cuando conoció a mi viejo en Panamá tantos años atrás mientras esperaba su vuelo a La Habana.

Perdí la noción del tiempo sobre lo que sucedió después pero recuerdo haber despertado a las cuatro de la mañana y encontrar sobre mi mochila una nota de Mark despidiéndose e invitándome a formar parte de su grupillo libertario. Sonreí, era un gringo loco pero al final me había parecido de puta madre, tal vez con los años se tranquilizara y se convertiría en profesor universitario o, quien sabe, un exitoso empresario ultraconservador.

El 1 de Enero de 1994, meses después de conocer a Mark, exploto en México un levantamiento popular “zapatista” con proclamas contraculturales y anti capitalistas. Por primera vez la facción protestante utilizaba masivamente los medios de comunicación para evitar la represión violenta mediante la difusión de sus proclamas y de la protesta. Yo tomaba café en un despacho del gobierno mientras esperaba que me entregaran algunos papeles, cuando vi a Mark en las pantallas criticando al NAFTA – tratado de libre comercio entre EEUU, México y Canadá -. Tenía una gran barba y había bajado algo de peso. Instantáneamente sonreí, estaba igual que cuando lo conocí y totalmente comprometido con las cojudeces en las que creía. Se había convertido en uno de los dirigentes más importantes del corpúsculo gringo anarquista que había llegado hasta Chiapas para apoyar a las protestas y en la pantalla de televisión se veían dibujos distópicos, figuras del Che Guevara y gringos drogados con sombreros mexicanos. Entonces se me antojó pensar que las revoluciones eran divertidas, y que entre tanta violencia y desbande había mucho amor y comprensión. La protesta duro doce días que tuvieron la mística de Woodstock, con la convivencia de mexicanos y gringos en los campamentos, con la presencia de los medios internacionales cubriendo las performances ideológicas y con muchas anécdotas que los manifestantes atesorarían como sus buenos viejos tiempos de estudiantes universitarios.

Al final supe que el gringo Mark murió de un balazo de salva que accidentalmente perforó su pulmón derecho. Al parecer no llegaron lo suficientemente rápido a una posta médica y el gringo murió de hemorragia. Imagino que jamás pensó morir en una protesta, que esas cosas eran reales pero no tanto, que el pueblo unido jamás será vencido y esas cosas. Pero tampoco creo que el gringo tuviera muchos reparos en morir. Debe haber sentido, en el ínterin entre que se le iba la vida pero aun tenia conciencia, que sería recordado como un héroe subterráneo dentro de la minoría universitaria marxista de las universidades. Si la vida se trataba de desplegar una performance convincente y lograr aplausos encendidos, el gringo lo había hecho de manera magistral y después de todo no estaba tan loco.

Mi vuelo a México está por despegar y el mismo asiento en el que conocí al gringo Mark está ocupado por una pareja de ancianos que al parecer se alistan para pasar sus vacaciones en Bahamas o Santo Domingo. No he visto más gringos Marks pero sería insincero de mi parte si dijera que no lo extraño en estos momentos.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Sicologia animal


Las investigaciones de sicología animal se remontan a la obra de Charles Darwin “Expresión de las emociones en el hombre y los animales”, y posteriormente, con las obras de numerosos darwinistas o evolucionistas ortodoxos, se buscó encontrar en expresiones del comportamiento animal, similitudes o diferencias con la conducta humana, tal si se tratara de una sicología comparada.

Desde que Renato Rodríguez se entero de que dentro de las innumerables dudas y problemas científicos existía uno relacionado a la posibilidad de inteligencia animal, quedo maravillado. Pronto, descubrió que la escuela evolucionista ortodoxa había planteado el estudio de la sicología animal en términos mentalistas, es decir dualizando a sus objetos de estudio en mente y cuerpo, y buscando en la mente – ese amorfo y abstracto objeto de la sicología – similitudes entre hombres y animales. Citando los trabajos de los primeros años de Rodríguez encontré: “Los mentalistas en sicología animal olvidan que buscar analogías entre hombres y animales a nivel del estudio de la mente (como paradigma sicológico) supone un estado en el cual el hombre se considera algo por encima o por fuera de lo animal, como si se tratara de una criatura superior, suprema (y pienso en Sloterdijk, y pienso en que los hombres también son un rebaño)”

Pronto los intereses de Renato se difuminaron y a la sicología animal se unieron el thrashcore punk, la arquitectura del siglo XX – en especial la Bauhaus –, la física teórica (su profesor de física en el colegio le había dicho que tenía muchas habilidades para la abstracción matemática) y Daniela Romo, alumna de Estudios generales letras de la promoción 1981, 1.65 metros, pelo castaño, ojitos pardos y sonrisa traviesa.

Estaban ya los ingredientes de su magnánimo y futuro aporte – ¡oh Renato, si Daniela hubiera sabido cuán grande serias en el futuro hubiera dejado al mediocre Augusto Venegas y sus necedades! – del experimento que habría de revolucionar dos áreas completas del conocimiento humano, y sin embargo, que pequeño, que insignificante – con ese acné, esa voz cadenciosa, esas divagaciones balbuceantes en la cafetería central – que era aun Renato, y éramos pocos los que ya lo admirábamos cuando veíamos que se sentaba en la octava fila de los salones tipo auditorio de la facultad de letras y escuchaba música a todo volumen mientras el profesor llegaba, y entonces hacia el gesto triunfante de quien ha dejado de sufrir un padecimiento inenarrable con el fondo de las conversaciones miraflorinas sobre fines de semana, amores y desamores.

Recuerdo que lo único que supe de él antes de su desaparición por mucho tiempo, y la posterior gloria intelectual, fue que publicaron una pequeña nota sobre uno de sus proyectos de sicología animal en el periódico universitario. Debía probar la memoria animal mediante un simple experimento con un ratón – ese mártir silencioso de la ciencia de todos los tiempos -, colocándolo en un laberinto varias veces, hasta que el animalillo encuentre el camino sin tropezar, recordando la fórmula perfecta de derecha-derecha-izquierda-derecha-izquierda-izquierda.

No supe, no supimos, e intuyo nefastos resultados de ese experimento, nada más de Renato durante muchos años. Un par de veces me lo cruce por los jardines, y lo veía cada vez mas ido, mas perdido en sus elucubraciones, esas que no podría expresar con una certeza macabra, porque nadie lo entendería, nadie lo podía entender. Luego, volvió a la vida pública con un ferviente apoyo político a un minúsculo grupo de izquierda anarquista radical primitivista. Esa fue la primera vez que hable con el personaje que había admirado desde mi ingreso a la universidad. Teníamos la misma edad fáctica (esa que se cuenta en años compuestos de meses, días, horas, minutos, segundos…), pero el sabia y comprendía mucho mas del mundo que yo y me parecía que sus años duraban mucho mas, lo suficiente como para aprender, entender y criticar al marxismo en un par de meses o escribir ensayos sobre las implicancias éticas de la experimentación con ratones (los abnegados héroes de la ciencia). Hablaba de Joyce, de Newton, de Kant, Marx, Foucault, Darwin, emprendió una crítica mordaz contra la retorica lacaniana que “travestía al sicoanálisis”, los crímenes de Ruanda, el fin de la guerra fría, el consumismo, Tel Aviv y su arquitectura Bauhaus, Unabomber…¿Unabomber?

¿Quién era Unabomber? Nada más ni nada menos que Ted Kaczynski, el artífice del recién estrenado primitivismo anarquista de Renato, un hombre de ciencias puras, exactas, precisas (pienso en la elegancia de las matemáticas y sus formulas) que renunció a la sociedad y a la vida de cátedra universitaria (o siquiera de cómoda disidencia política, esa que se practica desde la academia) y se aisló en una cabaña, todo un eremita de la vida moderna. Y desde ahí perpetro ataques con cartas-bomba para denunciar la estructura del capitalismo contemporáneo.

Mientras me hablaba de él, había en Renato el fulgor juvenil de las primeras lecturas sobre sicología animal, la certeza de que existe una verdad que es incuestionable, que se debe defender, que es en sí misma grandiosa, loable. Yo aun lo admiraba porque había una mordacidad verdadera en sus críticas, pero ya no sabía si seguirlo como en los años en que descubrí por imitarlo a la obra de Darwin, o temerle porque tamañas ideas ponían en tela de juicio a toda una historia tendiente a la civilización más que a la animalización. En ese momento percibí la conexión profunda entre Unabomber y la sicología animal. Había algo de místico en la idea del salvaje hedonista, una creencia confiada en la bondad de la naturaleza, en una sabiduría presunta proveniente de la tierra, de los bosques, en resumen, de la ausencia de cemento.

El grupillo de primitivistas de Renato fue tachado de ecologista por quienes necesitaban agrupar a la izquierda verde y así atacarla más fácilmente, y poco tiempo después Renato volvió a desaparecer con la bruma limeña de mediados de mayo. Durante un año no volví a saber nada de él, pero ahora era una desaparición verdadera. Ya no lo veía a lo lejos, saliendo de las clases de alumno libre que tomaba en la facultad de matemática, ni caminando por los pasillos del pabellón de filosofía, discutiendo airadamente con un heideggeriano confeso o con algún remanente existencialista extrapolado desde mayo del 68.

El no verlo trajo consecuencias nocivas para mi curiosidad intelectual. Me había estancado en los avances hacia la gran unificación de la física, y el derecho me había vuelto a absorber. ¿Sabría Renato algo de Derecho? Seguramente lo despreciaba pues en sus utopías (pienso en Tommasso Campanella y en Tomas Moro y yerro el camino otra vez, tal vez Renato pensaría en Asimov y en Aldous Huxley) la regulación de un levitan normativo era innecesarias pues la mejor ingeniera social es aquella imperceptible a los ojos de sus partes; y el derecho, con su capacidad de enforcement, con su poder judicial y sus jueces, con sus abogados y su doctrina, eran ridículamente visibles, hasta patéticos por la torpeza de su aparatosidad.

Tiempo después me vine a enterar de que Renato había estado en Estados Unidos
trabajando como indocumentado. Haciendo labores varias entre hacker y electricista en un barrio latino de New Jersey. No me explico cómo pero entre tantas dificultades para provocarse sustento, al parecer Renato había continuado con sus investigaciones pero ahora había puesto un mayor énfasis en la física, y más precisamente en la posibilidad de realizar viajes en el tiempo.

Otra vez un ratón era el personaje principal – el héroe trágico pienso - de un experimento que de funcionar revolucionaria nuestra comprensión del mundo tal como la relatividad einsteniana terminó con la predominancia de la mecánica de Newton.
El ratón recordaría – porque el aspecto de sicología animal no se había descuidado – el camino que lo llevaría fuera de el laberinto pero – y aquí estaba el ingrediente nuevo – sin aparentemente haber realizado el camino previamente ¿Cómo era esto posible? Pues porque el ratón ya había realizado la búsqueda de la salida en el futuro, y solo la estaba recordando.

Rápidamente opuse objeciones incuestionables al amigo que me contaba estas novedades de Renato. Le dije que los viajes en el tiempo hacia el futuro son imposibles porque se requiere moverse a una velocidad mayor de la de la luz, y que eso era imposible. Le dije que mientras los cuerpos se acercan más a dicha velocidad, aumenta su masa de manera apresurada y que se requiere cada vez más energía para impulsar a la masa en aumento. Terminé mi gloriosa argumentación – ahora recién reparo en la cobardía de hablar de estos temas con alguien que no entendía un ápice de cuestiones cosmológicas – señalando que para llegar a la velocidad de la luz se requiere una cantidad infinita de energía porque la aceleración aumenta la masa hasta el infinito, y que en ese punto, cuando uno llega a hablar de infinitos sale de la cancha la cosmología y entra la teología y que con todo el cariño y respeto que le tenía a Renato pero eso no es posible.
En respuesta solo recibí un “lo que quieras, pero él ha encontrado una forma, ¡y yo la he visto!”

No podía dar fe de ello, no podía creerle a este amigo. Renato debía haber usado algún truco de ilusionismo, o debía haber usado sus conocimientos de sicología animal de manera perversa para sorprender a su ensimismado espectador. Pero Renato Rodríguez, el que vi por última vez en Lima hace un poco más de un año, primitivista y autodidacta, no era un hombre que gozara luciéndose frente a los demás así que el experimento debía ser veraz, ¡Le había perdido el rastro a Renato!, otra vez el estaba un paso delante mío y necesitaba que me explicara el comportamiento del ratón que salía del laberinto sin haber estado nunca en el.

Rápidamente busque a quien me pudiera dar su correo electrónico o su número telefónico en New Jersey pero nadie en la ciudad parecía recordar a Renato Rodríguez, nadie, incluso sus ex compañeros primitivistas, o los jóvenes filósofos y matemáticos con los que discutía airadamente hace tan poco tiempo. Parecía como si el recuerdo de Renato se hubiera esfumado o borrado como consecuencia de una experiencia traumática en la memoria de sus interlocutores. Pienso en la acidez argumentativa acompañada de la sapiencia en la destrucción de las retoricas adversarias, pienso en Renato como un depredador de las ideas de la contraparte, todo ello debería generar el efecto de una experiencia traumática que es necesario borrar para preservar el orgullo y la autoestima propias. ¿Y porque a mí no me habían herido sus observaciones, criticas o actitudes despectivas? Porque yo nunca me creí un par de Renato, alguien a su nivel como para discutir sobre alguno de los tantos campos que Renato conocía con un incuestionable nivel de erudición. Yo aprendía de él, y por eso ahora necesitaba entender cómo demonios había hecho para lograr que un ratón viaje por el tiempo a la vez que recuerde el camino para salir del laberinto ¡Recordar!, esa magnífica función de la mente humana – y al parecer no solo de ella – tan importante cuando el amor ha terminado o uno se encuentra en el preludio de la muerte, con una vejez cada vez mas pertinaz e insolente.

Al no conseguir sus datos, una pena certera me asalto. Muchos de los misterios del mundo seguirían ocultos para mí mientras no recobrara a Renato de las ocho horas como hacker o electricista en el lugar menos primitivista del mundo: New Jersey. Y tome la decisión de ir a buscarlo aun con el abatimiento de saber que en un país con millones de migrantes ilegales, encontrar a un peruano de entre veinte y treinta años sería casi imposible, pero para auto complacerme pensé que mientras no llegara al infinito – y se mantuviera en remotas posibilidades -, todo estaría bien.

Avanzaron un par de meses de desesperación por conseguir el dinero necesario para ir a buscar a Renato, entre el final de mi carrera y el trabajo que me absorbían, y el mismo amigo que me había contado sobre su nuevo y magnifico experimento, me comento que Renato vendría al Perú para consagrar su gloria y lograr su beatificación científica. ¡Llegaría a Lima en unas semanas!

Luego, recuerdo que los meses que siguieron fueron intensos y desbocados, mi concepción del mundo, el tiempo y el espacio cambiaron radicalmente, pero mi comprensión de los mismos no mejoró, seguía absorto frente a las descripciones sobre el funcionamiento del todo. Aquí, en mi cuaderno de notas, que leo frente a Renato Rodríguez, PhD. En Física y filosofía, sicólogo y eventual electricista y hacker, dice que me convertí en su discípulo desde su llegada a Lima y que él me preparo con una dedicación extraña a su inconstancia y poca paciencia.

Leo esto antes de iniciar el último experimento previo a que se me revelen los misterios ocultos del universo, el mecanismo mecánico detrás de la belleza de las constelaciones de la noche. Sé que lo que leo ya lo viví, pero a la vez, se que aun no lo he vivido, provienen de un yo que no soy yo, un yo que ya pasó por esto, a quien el misterio ya le fue revelado, un yo que me antecede.

Antes de iniciar el experimento veo a Raúl y el fulgor en sus ojos, yo soy la cumbre de una vida dedicada a la ciencia, a la sicología animal y a la física teórica, yo soy el huidizo animalillo que él manipulo toda su vida, ejerciendo a lo lejos una atracción y fascinación enfermizas. El sabia que este día llegaría, yo soy la comprobación de su teoría ¡oh Renato, yo soy el ratón, yo soy el héroe magnánimo, abnegado y temeroso de la ciencia posmoderna que estas a punto de inaugurar, salud por eso!

sábado, 5 de septiembre de 2009

Si para Kate Moss fuera su...dirty robot!

yo tambien quiero ser artie


ultima y poco ortodoxa despotricada contra las leyes.

No se como - porque la mayoria de las veces estoy tan distraido que la vida me pasa sin hacer nada al respecto - pero llego un libro sobre vanguardias del arte a mis manos hace unos dias. Lo abri con cierto recelo, sabiendo que una vez que pacte con mi vieja la tregua de supervivencia - por la cual yo estudiaba derecho, sin chistar, y ella me mantenia en la catolica para que siguiera soñandome caviar, lejos de la mierda del mundo real - la literatura, el arte y el hedonismo habian acabdo para mi. En mi horizonte solo veia doctrina y leyes ad infinitum, no porque quisiera ser un abogado leguleyo, sino porque conocia la axistencia del vertigo. No toleraria el lirismo otra vez en mi vida. Si por asomo, leia una de las paginas amarillentas de la insoportable levedad del ser otra vez, seria muy tarde para mi. Si queria ser fiel al pacto, mi espiritu no podia desfallecer ni una sola vez. El resualtado es la emanacion del leviatan literario al que le importa un bledo las leyes, la doctrina y el regimen. Un sadico hedonista libertino...todo lo opuesto a lo que mi mama quiso que sea, perdon viejita, en serio.

lunes, 3 de agosto de 2009

Bricheos eventuales I

Cuando conocí a Silvana tenía veinte años, demasiado joven para entender el gran engaño de la vida, el amor, demasiado viejo para no saber que si no tomaba la decisión de seguirla hasta el final perdería la gran oportunidad de vivir sin haberme arrepentido de desperdiciar mi juventud. La conocí en un bar pequeño de esos que abundan en Puno, lleno de esos clichés folk fashion y con Bob Marley de fondo. Porque si algo es Puno, es una Kingson a casi 4000 metros sobre el nivel del mar, con ese ambiente caribeño acompasado por un viento puramente gélido propio de los andes peruanos.
-Ho-hola – ¡wonderfull!, que saludo tan creativo.
-Hola… - su desgano me dijo todo, simplemente no le interesaba. No me daría tiempo para hablarle de que estudiaba sociología en la Católica, que respetaba y me apasionaba la vida rural de los aymaras, de que pretendía perderme en sus costumbres, pero nunca tanto, porque un colorado es como sarna en sus comunidades, y tarde o temprano pica demasiado y es necesario buscar una cura.
-¿Qué querès ché?
-Nada… - aquí debí decir algo creativo pero una estupida laguna mental me prohibió hilar algo irónico o ingenioso, simplemente si hablaba la cagaría con alguna frase hecha y patéticamente pretenciosa, baje la cabeza y ella sonrió.
-¿Por qué te ríes?
-porque querès ligar conmigo y no te sale nada – Silvana soltó una carcajada propia de una chica sin remordimientos, la mujer de mundo a la que no le pesa el genero y que le da lo mismo soltar la peor grosería que acariciar los cabellos de quien ama.

Sonreí, no me quedaba otra. Atrás, Franco y Cristian me miraban divertidos, había perdido la apuesta, yo, el pendejito de Lima quedaba en ridículo frente a una gaucha mas de mundo que yo.

-bah…solo quería hablar contigo, pero veo que te pones agresiva, así que vuelvo con mis amigos… - cogì lo ultimo que me quedaba de dignidad, la ultima mísera pizca que sobraba luego del letargo que me produjeron sus ojos verdes, era un huevon, hoy mas que nunca.

Relatar mi primer encuentro con ella siempre me produce sentimientos ambivalentes. Por un lado, se que si la conociera hoy sabría que le guste desde aquel momento, pero que su orgullo de chica alternativa, vegetariana y free lance no le permitía hacerle caso a cualquier pelele de la noche a la mañana. Hubiera comenzado la conversación diciéndole que su bolso era tejido por los pobladores de Taquile, que ellos habían estructurado un tipo de economía alternativa consistente en la cooperación entre todos. Al fin de cuentas, lo que buscaba Silvana, y que nunca entendí del todo, era un pequeño reducto en el mundo donde aun no todo se comprara y vendiera, donde el Che Guevara armara revoluciones y Macdonalds no pasara del posible apellido del misionero gringo de la parroquia mas cercana. Yo en cambio, me le acerque como en una pésima película de Hollywood, en esas en las que el protagonista tiene un Martini en la mano y viste con una camisa negra elegantemente desabotonada.