domingo, 7 de agosto de 2011

Países imaginarios


Rafael y Silvana habían oído hablar a tía Zarzamora sobre aquel místico lugar, rodeado de enormes y frondosas montañas, en donde los pueblos a lo largo del valle dormían con la constancia eterna del discurrir de un riachuelo y sus pequeñas cascadas, el país mágico lo llamaban, por usar una de esas palabras desgastadas por las tiras cómicas, los tebeos de los puestos de periódicos y las series de televisión para niños.

Tía Zarzamora hablaba de aquel lugar describiendo con una exquisitez fantástica cada uno de los lugares y de los juegos que las personas podían hacer en aquel país lejano y fuera del tiempo. Les decía a los niños, que papa también había ido a aquel lugar algunas veces, solo que era muy pequeño y que tal vez no lo recordaba; y luego papa se pasaba todo el camino de vuelta a casa recordándoles a los niños que las historias de tía Zarzamora eran falsas. Pero las sospechas crecían en las pequeñas mentes, que colocaban nuevos aditamentos y adornos a aquel país hasta entonces solo construido por palabras bellas y perfectamente conjugadas.

¿Realmente tía Zarzamora recordaría con tantos detalles al país mágico? Según sus aproximaciones, no debía haber vuelto a aquel lugar en más de treinta años, pero esporádicos y cansados trotamundos le habían dicho que todo seguía igual, y que mientras más se alejaba el tiempo sin tiempo que regía a aquel país, más bello se hacía pues su pertenencia a la línea temporal del mundo era cada vez más incierta.
Rafael disfrutaba enormemente las visitas de los jueves en la tarde a la casa de tía Zarzamora, mientras que Silvana iba creciendo y perdiendo interés en las criaturas fantásticas del lugar. A su edad, más importante que caballos alados, puercos que hablan y niños presidentes, son los otros niños de la escuela, que comienzan a desempeñar sus roles de género en base a un conocimiento social ancestral. Los niños, en algún punto de su vida, aprenden a comportarse como hombrecitos con lo que ello conlleva.

Entonces Silvana olvidaba rápidamente las historias de tía Zarzamora y esperaba con ansias a las 7 de la tarde para que papa los venga a recoger y vuelvan a casa.
Una noche, Rafa buscó entre los papeles de papa alguna foto del país mágico pero solo encontró memorandos, cartas y documentos de lenguajes refinados y excesivamente formales. Pero al final del cajón del escritorio principal había un sobre muy viejo que Rafa abrió con extremo y curioso cuidado, como si de la delicadeza con aquel artilugio dependiera su trascendencia para la nueva vida que prometía tía Zarzamora en el país mágico.

Dentro de aquel sobre había una bella foto en medio de un valle con montañas que se perdían entre sí y con las nubes, haciendo una orgia de miles de colores en tonalidades inverosímiles. Una escena natural ciertamente barroca. En el centro de la fotografía se agolpaban un grupo de niños dirigidos por un hombre moreno de bigote, el abuelo. Papa estaba ahí, tía Zarzamora sonreía mostrando sus dientes picados por el exceso de dulces. Ese era el país mágico y Rafa lo supo al instante. No se lo diría a Silvana porque no le importaría. Rafa supo que la pregunta crucial en todo lo referente al país no era donde, sino cuando, y que el país no era una geografía sino una conexión neuronal perdida en el cerebro nostálgico de tía Zarzamora.

lunes, 25 de julio de 2011

Estadística de invierno


Un día en que paseábamos por la ciudad de invierno todo quedo mucho más claro para mí. Me refiero a la ciudad de invierno porque cada ciudad son varias en realidad, una en el alboroto urbano del verano y otra en la melancolía agradable del invierno, y entre ambas ciudades, circundan versiones pálidas de sí mismas entre otoño y primavera, algo así como metamorfosis todavía no concluidas, gusanos que no llegan a ser mariposas o alguna otra analogía por el estilo.

Recuerdo que Matilde tenía las manos frías, y recuerdo tan banal detalle a la perfección porque su cuerpo suele despedir un agradable calor que emula el cariño de una sopa de mama cuando llego de largos viajes, entre cansado y feliz. No hablábamos. Por primera vez en mucho tiempo no sentíamos la necesidad de llenar el aire con palabras sino que escuchábamos tranquilos el devenir de la ciudad. Vendedores, instructores de gimnasio alentando a los exhaustos deportistas, tenderos vendiendo cualquier clase de producto, los autos y sus motores rugientes y los cláxones alterando la tranquilidad de una pareja de ancianos que paseaban cogidos de la mano. Nosotros no emitíamos ningún sonido que rompiera esa armonía, éramos parte de la escena solo por nuestra innegable presencia física, y por los esporádicos soniditos de nuestras zapatillas contra el cemento de las veredas.

De pronto pasamos frente a un bar extraño, de esos que también parecen discotecas, burdeles y restaurantes a la vez. Matilde me miro divertida pero rápidamente sus ojos se entristecieron. Era como si al comienzo hubiera querido decir un comentario divertido pero un remordimiento insoportable hubiera terminado por oprimirla.

- Y al final todo es una casualidad ¿no?, nosotros podríamos ser ellos. Es cuestión de suerte…

Decía esto viendo a los adolescentes pueblerinos que entraban a aquel extraño lugar de luces fosforescentes y música en los altoparlantes. Era cierto. Nosotros éramos dos estudiantes de la mejor universidad del país pero pudimos ser ellos. O pudimos haber nacido en el país más poblado del mundo.

De pronto los dos penetramos en un silencio aplastante. Sabíamos que solo pensábamos en el comentario de Matilde y que esa sola idea se apoderaba de nuestras divagaciones durante largos minutos.

Estadísticamente era unas cinco veces más probable haber nacido chinos que peruanos. Yo pude ser mujer y Matilde un hombre. Pudimos haber cambiado de sexo. Pudimos nacer en lugares totalmente alejados el uno del otro. Pudimos nunca conocernos, o conocernos y odiarnos, pero vamos, tal vez nos odiaríamos en el futuro…Pudimos no ser el espermatozoide vencedor y entonces todo hubiera sido totalmente distinto. Pudieron conocerse tal como nos conocimos dos cigotos fecundados totalmente distintos, tal vez hasta en años distintos. Pudimos no estar escapando de la gran ciudad en una pequeña ciudad de altura con un bello lago a sus alrededores sino escapar de una enorme metrópolis futurista asiática en la bella e inhóspita Lhasa, frente al palacio de Potala.

Pude ser ella y ella ser yo, quien sabe y ya no importa. Pero estos pensamientos habían vencido nuestras ganas de seguir hablando. Solo imaginábamos nuevas y múltiples vidas a un ritmo de un centenar por minuto. A veces Matilde sonreía, a veces sus ojos añoraban un futuro inexistente – como si se pudiera añorar el futuro -, a veces yo me pensaba lejos de ella pero pronto sentía un dolor en el pecho y cogía con más fuerza su mano que se enfriaba aún más. Y lo más extraño de todo era que aún no sabíamos cuál de todas esas posibilidades era nuestro futuro, solo nos sabíamos los dos muertos de frio paseando por una estrecha calle mientras nos acercábamos a una vendedora de cigarrillos en un día ciertamente irreal.

lunes, 18 de julio de 2011

Soles


¿Y si te dijera que el sol de otoño es engañoso? Que el sol solo despliega su belleza y su calor infernal en el verano, y que acompaña los días de campiña y transeúntes de pequeñas ciudades en primavera.

¿Si te dijera que más vale arder rápido con el verano transitorio que mirar un patético sol muriente en el otoño? No sé si te lograría convencer y tampoco pretendo hacerlo, al fin y al cabo cada uno de nosotros tiene impresiones subjetivas sobre las sensaciones, pero creo que la mía es bastante acertada y compartida.

El sol de verano y el de primavera te ofrecen nuevas brisas que no esperan otoños fríos para dejar caer sus hojas, marchitar vidas, hacerlas aburridas, tediosas, melancólicas. En el sentido original de la melancolía, como un estado de la psique, como una especie leve de depresión.

Hay muchos soles, tantos como personas en el mundo y como días de vida del astro, pero, lo repito, no me agrada el sol de otoño, porque es una felicidad engañosa. Prefiero el viento en la cara de un camino sin horizonte conocido y la búsqueda incansable de soles solo en primavera y verano.

miércoles, 6 de julio de 2011

Jet lag


Llegué al aeropuerto con una sensación insoportable de nostalgia. No sabía si extrañaba Madrid desde pisar Lima, o si extrañaba Lima tal como era hace dos años cuando viajé. Muchas cosas habían cambiado en la ciudad, y debía acostumbrarme a ellas lo antes posible y eso me ponía nostálgico, incluso me aterraba un poco.

En el aeropuerto me esperaba Mónica. Seguro estaba un poco molesta porque mi vuelo se había demorado y mi maleta fue una de las ultimas en pasar por la cinta de equipajes antes de poder salir y encontrarme con ella. Sin embargo su enojo desapareció cuando me vio y nos abrazamos. No tenía a nadie más en la ciudad. Hace dos años, cuando me fui de Lima tenía muchos amigos pero no se mucho de ellos desde que me fui para España, y para ser sincero me importan muy poco sus vidas. Le pregunte a Mónica por Daniela y Vicente, y ella me dijo que vio a Daniela en un centro comercial con un chico. Hice una mueca de molestia pero luego recordé que era imposible pretender que me esperara estos dos años, la vida sigue y es necesario dejar atrás las nostalgias y los cariños que pasan al pasado.

Vicente estaba peor. Eso ya lo sabía. Mónica me dijo que hace como cuatro meses su mama la llamo para pedirle mi número telefónico en Madrid, y mi correo de la universidad. Ella sabía que no quería saber nada de Vicente así que ensayó un pretexto para no darle mis datos a su interlocutora.

- Huevon, la tía estaba cagada, súper triste
- Me imagino, a veces creo que lo mejor es que Vicente se muera de una vez, todos estaríamos más tranquilos…

Mónica hizo un gesto de desaprobación, parecía estar en contra de mi solución perfecta y, pensándolo bien, tal vez Vicente tendría una chance más para mejorar.
La ciudad estaba cubierta de neblina y llovía, las calles estaban mojadas y caóticas. Mónica conducía con mucho esfuerzo su auto nuevo. Por un instante la recordé en los primeros años de la universidad, con su pelo teñido y sus muñequeras de cuero. Ahora vestía una chompa negra, muy sobria, y encima un abrigo del mismo color. Algo en sus ojos había cambiado, no sé si estaba más triste, tal vez más madura.

- ¿Y piensas ir donde Vicente?
- ¿Qué?...si, pero primero quiero revisar unos papeles de la universidad. Fácil y voy el fin de semana a su casa. ¿Sigue viviendo con sus viejos?
- Sí, yo tampoco hablo con él hace tiempo pero por lo último que sabía sigue allá.

Luego nos sumergimos en nuestros pensamientos. Era un silencio profundo, denso. Era un silencio a pesar de que en cada luz roja escuchábamos los sonidos de los motores de los autos y buses a nuestros costados, y la declamación de las rutas de las combis en las voces de los cobradores. Lima se veía bella pero triste.

En los buses la gente miraba perdida a los edificios o a la propaganda donde personas sonrientes promocionaban productos innecesarios para la vida, y Mónica tarareaba la canción que se escuchaba en la Radio. Ni una pregunta de España, esa era una vida sin relevancia para la continuidad de Lima. Ni yo quería contarle ni ella quería saber.
Llegamos a mi antiguo departamento y le ofrecí una cerveza en el bar más cercano. Sonrió y asintió con un suave ademan, y media hora después estábamos frente a tres cervezas heladas en uno de los huecos al frente de la universidad.

- Oye, estas hecho mierda, cualquiera diría que no te has ido a Europa.
- Si, un poco. Siento un poco de nostalgia. ¿Sabes algo de Juan, Alberto, el gordo, la gringa?
- No, deben andar en lo suyo ¿No?, como todos.
- Si pues, como todos. Pero Vicente…

En ese punto debía decir que Vicente probablemente siga solo. Tal vez ya no frecuente a ninguno de sus amigos y sus adicciones y rarezas hayan empeorado. Pero no me atreví a decir nada, no quería mostrar excesivo interés por alguien que se suponía ya no era mi amigo.

- Huevon, nadie cagó a Vicente, él se quiso joder solo.

Después de terminar las cervezas abrace a Mónica antes de despedirme de ella. No había sido lo suficientemente efusivo cuando la vi en el Aeropuerto a mi llegada, y la verdad era que la quería mucho y me había alegrado sobremanera verla. Le pregunte si le parecía una buena idea visitar a Daniela de sorpresa y me dijo que mejor avisara porque a ella le molestaban las visitas sin previo aviso. Asentí resignado, ella era así, muy metódica, muy maniática con los horarios.

Llegue al departamento y quise ponerme a leer la novela que vine leyendo en el viaje pero no pude. Mi mente estaba embotada de recuerdos viscosos. Recordaba gemidos de Daniela, a Vicente borracho gritando, a mi mama llorando en el aeropuerto antes de mi partida y a las calles mojadas de la noche limeña. Salí del departamento y me puse a caminar por la avenida sin ningún rumbo establecido. Era casi la media noche y mama ya me había llamado. Estaba feliz por mi regreso y en cuanto pudiera llegaría a Lima para verme. Su voz me resultaba dulce y apacible, como si el alma hubiera regresado a su cuerpo. Sentí que había vivido en una tensión constante durante dos años, con la tristeza enorme de mi lejanía y la certeza incierta de mi retorno.

Me pasó con mi papa. El viejo también estaba feliz. Yo quería comer pizza con él, sentados en la sala de la casa viendo un partido de futbol con mi hermano, pero tendría que esperar a la llegada de todos ellos.

Camine por algunas horas, hasta que caí en la cuenta de que se me habían acabado los cigarrillos y que estaba lejos de casa. Pare un taxi, quería decirle simplemente que me lleve a casa de Daniela, o de Vicente, o de Mónica, que no soportaba mi departamento solo esta noche. Simplemente di mi dirección y cerré los ojos. Debía ser el cansancio de la llegada o algo por el estilo.

Dormí en el sillón de la sala y desperté con un dolor de cuello pertinaz que me acompaño durante la mañana de incertidumbre ¿llamaría a Daniela? ¿Visitaría a Vicente? Finalmente fui a casa de Vicente y su madre me abrió la puerta. Me saludó sorprendida pero rápidamente note un poco de molestia en el tono de su voz. En el fondo sé que me juzgaba por no haber estado con Vicente cuando una persona más necesita a sus amigos, pero hubiera demorado demasiado explicándole que suelo defraudar a las personas porque siento una presión enorme cuando soy muy importante en sus vidas. Vicente no estaba en Lima. Ahora trabajaba enseñando literatura en un colegio en Arequipa. Había dejado las pastillas y se casaría en febrero del año entrante. Por un instante sentí cólera, hubiera querido ser parte de su mejoría para que los demás me miraran con admiración. Yo hubiera sido el único amigo que después de todo siguió con él, incluso en los peores días. Pero igual me alegraba que hubiera mejorado tanto en estos dos años. Su madre no me dejó entrar a la casa, me dijo que estaban pintando y que los residuos en el aire me producirían alergia. Tampoco insistí y me despedí para caminar un rato por la avenida cercana.

Me sentía como Meursault, el extranjero, caminando por una ciudad desconocida. Hacía mucho frio, mucho más del que recordaba que pudiera hacer el Lima. No sé cómo, simplemente recuerdo un cumulo de sensaciones molestas y las arcadas en mi estómago, y los vómitos y que me senté en la acera de una tienda, pero retome conciencia cerca de la casa de Daniela. Estaba sentado en la vereda donde solía esperar que se alistara para salir. Sentía el estómago vacío, mi corazón palpitaba a un ritmo brutal y las manos me temblaban. Busque en mi abrigo y tenía 2 cigarrillos arrugados así que prendí uno de ellos hasta ordenar mis ideas. Daniela debía estar dentro echada en su cama leyendo algún libro de cuentos. Sonreí con la idea de que lo que leyera fuera uno de los libros que le regalé.

La despedida de ella había sido dura, más de lo que imagine. Habíamos llorado, ella me había increpado algo y luego nos marchamos. Recuerdo que ella dijo que no quería volver a verme, así que lo que estaba haciendo era un incumplimiento al pacto. Estuve sentado pensando durante muchos minutos y la vi llegar de la mano de alguien. Me paré y sé que me vio mientras me marchaba. Espero que no le dijera a su acompañante quien era yo. No valía la pena que se lo cuente.

Volví a casa y me recosté en la cama de mis papas. Me sentía aturdido y cansado. La cabeza me reventaba de dolor así que tome una pastilla para dormir, ya no sabía cuál era la hora y si era de madrugada o si estaba anocheciendo.
Al día siguiente fui a almorzar con Mónica. Estaba de mejores ánimos que la tarde en que me recogió del aeropuerto. Nos reímos con muchos temas sin importancia pero finalmente le pregunte algo que no vino de mí, era otro el que preguntaba

- ¿Vicente se mató no? Fui a su casa y su vieja me dijo que es profesor en Arequipa. No…
- Si, se mató. Hace como cuatro meses su mama me llamo y me dijo que te avisara pero no pude, esas cosas son difíciles de contar.
- Lo se chata, no te preocupes…
- Se metió a su cuarto, le puso seguro a la puerta y se pepeo con somníferos. Lo encontraron a la mañana siguiente. Creo que dejo una nota.

Quise decir algo pero sentí arcadas otra vez. Extrañaba Madrid pero sé que si volviera todo sería diferente, como en Lima, como todos los lugares a los que uno regresa en la vida.

- Daniela me llamo anoche, me pregunto si ya estabas en Lima.
- Sí, me imaginaba. Ayer estuve por su casa y creo que me vio. Tal vez por eso te llamó.
- Se va a casar, ¿Sabias?
- Si, algo oí por ahí

Me pase la tarde buscando ropa para abrigarme en los días siguientes y me causo gracia los juegos de los niños en el parque Kennedy mientras descansaba en una banca. Sé que Daniela estaría planificando su primer embarazo porque ella adoraba a los niños. Sé que lo hará bien. No tengo que desearle suerte porque sé que todo va a salir de lo mejor. Lima ya no es Lima, por lo menos no la que recordaba.

martes, 28 de junio de 2011

Memoria selectiva


Es inicios de invierno en Lima y hace un poco más de frio que el último invierno que pase en la ciudad, hace ya muchos años. La ciudad ha cambiado mucho en los años que pase afuera y hoy tiene la elegancia insipiente de una ciudad global, tal vez la más wannabe de Latinoamérica. Recorro el olivar con las manos en los bolsillos del abrigo, observando los nuevos edificios de departamentos y a los vecinos que salen a correr o a pasear con sus familias. De pronto alguien se me acerca, es un hombre de más de ochenta años que me reconoce y saluda. Dice saber quién es mi padre y haberme visto desde muy pequeño. Le digo que se debe haber confundido, que hace muchos años que no vivo ni visito Lima y que aun cuando vivía aquí lo hacía en Pueblo Libre y no aquí, en San Isidro. El hombrecillo insiste empecinado pero no logra aportar prueba alguna sobre su vinculación pasada con mi familia así que decido tomarlo por orate y continuar con mi paseo.

Al día siguiente lo vuelvo a ver y me saluda con una mirada triste y un gesto melancólico. Pareciera recordar un instante sombrío y frio en mi pasado, pero otra vez no logro adivinar el final de su mirada. Me siento en una banca desde la cual lo puedo ver pero él se encuentra de espaldas y no me ve más. Coge un cigarrillo y lo fuma con pausa y pesadez. Por un instante deja la cegadora que tenía en brazos y se para a observar a las hojas que caen de los árboles, una más amarillenta y seca que la otra. Lo olvidaba, el invierno se ha hecho más bello en Lima de lo que lo recordaba.

El hombre entra en una pequeña casa de color verde – un verde claro, casi turquesa – y cierra la pequeña puerta de roble con mucha suavidad y hasta cariño. Pienso, los hombres también profesan amor por los objetos, como este hombre por la puerta.
Me llama Daniela, quiere verme y tomarse un café conmigo. Me acusa de ingrato por estar en Lima desde hace más de dos semanas sin siquiera haberla llamado. Está muy bonita y el embarazo la hace ver resplandeciente y feliz. Me recuerda que yo le dije que en mis planes no estaba el tener niños, y que lo más probable es que llegara a los cuarenta años fumando solo alrededor de bellas avenidas elegantemente decoradas. Asiento con la cabeza. Hoy tengo cuarenta y dos años y ningún hijo. Dos divorcios a cuestas y la certeza irreprimible de que el matrimonio es la institución más irracional desde que los hombres pueblan la tierra.

Luego hablamos de política. Ambos odiamos la política porque nos recuerda lo lejos que esta la teoría dela práctica, aun en el Perú de hoy, tan distinto y pretencioso al que había dejado. Me dice que los escándalos de corrupción han seguido repitiéndose a una periodicidad de dos por cada año, y un mega escandalo cada tres años. Es gracioso pero la estadística parece aportar respuestas que la esperanza trata a toda costa de evitar. Entre los miles de casos de corrupción cotidiana, solo una pequeña fracción tiene la probabilidad de ser descubierta, y esos son los de los escándalos.

Le digo a Daniela que muy en serio me siento feliz y orgulloso por ella. Ella baja la mirada. Creo que es probable que también recuerde algo oscuro y maléfico en mi pasado, algo que no me ha contado. Le hablo sobre el hombre que me saluda los días en que camino por el Olivar y me dice que debe haberse confundido de persona, a esa edad la demencia senil hace estragos y es probable que crea que soy su nieto, hijo o sobrino lejano. Pero apenas termina de decirme esto esquiva mi mirada y hace un comentario sobre el nuevo café que está en frente del de siempre, donde nos encontramos sentados.

Repito la mecánica de estos hechos con una habitualidad graciosa y mis días en Lima se alargan sin posibilidad de un final cercano. No me importa más conocer el mundo y sus exotismos, hay muchas cosas que aún no conozco de la ciudad. Con el tiempo recibo las llamadas de personas que recordaba muy difusamente y nos encontramos para comentar el devenir de nuestras vidas. Algunos se han hecho hombres de negocios, otros, literatos, profesores, intelectuales, incluso uno de ellos tuvo un paso frustrado por el futbol. Una de mis mejores amigas es ahora congresista y mi política de diplomacia me impone el deber de no hacer comentarios políticos cuando hablo con ella.

¡Que frio se ha puesto el invierno! Día tras día se me hace más difícil mantener la rutina de despertarme temprano para hacer mis caminatas. El hombre de la puerta de roble a la cual le tiene mucho cariño me sigue saludando con el mismo entusiasmo y me pregunto si no se aburre de hacer lo mismo desde hace tanto tiempo (para ello asumo que lo venía haciendo desde antes de que lo viera por primera vez).

Dos días antes de mi partida, cuando me había habituado a la melancolía de Lima, una dimensión que jamás había encontrado en esta ciudad, el hombre se me acerca y me pregunta porque regrese. La pregunta me toma por sorpresa porque ni yo lo sé, no sé porque he vuelto ni sé que pasó en mi vida mientras vivía aquí en Lima. Mi título profesional dice que era alumno de comunicaciones de la universidad católica y que me fui a hacer postítulos a Europa y Estados Unidos. Son momentos que no recuerdo, de los cuales no guardo ni siquiera instantes fotográficos. Las últimas imágenes que tengo de Lima son las del colegio, pero la realidad se ve distorsionada por los excesos juveniles y Lima aparece en aquellos recuerdos como una ciudad mucho más caótica de lo que hoy es. El hombre regresa al tema y me dice que soy hijo de un diplomático asesinado en su casa cuando su hijo mayor - yo – se encontraba regresando de clases en la universidad. Me dice que cegado por el dolor y la furia perseguí al asesino y lo amarre al respaldar de una silla donde lo golpee hasta que murió. Que inmediatamente después me desmayé y desperté en una celda. Que escapé y desde entonces no han sabido nada de mí. Que mi novia – Daniela – me ha buscado desde entonces pero que en algún punto la rutina la venció e inicio una vida estable y agradable en la ciudad. El hombre termina de contarme eso y se pone a llorar. Al parecer era jardinero de mi padre y él era un buen hombre, lo que llamaríamos una persona justa.

De manera abrupta reinicio mi camino. Ese hombre está loco, no está hablando de mí.

lunes, 27 de junio de 2011

Valium


Son las 9 de la mañana y debe ser un día muy frio. En el sol ya no se puede confiar para adivinar el inicio del día porque en Lima nunca sale en invierno. Salvo el invierno en el que la conocí. Pero esta es otra historia, no de amor sino de Valium.

Abro con mucho esfuerzo los ojos y veo un gnomo histérico que me mira sonriendo y con un chipote chillón en las pequeñas y regordetas manos. Pienso que los gnomos son grotescos pues sus facciones no son propias de sus pequeños tamaños, pero aun así siguen siendo el aditamento de jardín más vendido alrededor del mundo. Pienso en el gnomo de la película Amelie y en sus viajes ficticios alrededor del mundo. El mío no viaja, solo esta con cara de exceso de cafeína parado mirándome fijamente a los ojos toda la noche, mientras la maldita pastilla me va haciendo efecto y llevándome a un sueño pesado a la fuerza.

Me intento levantar pero mis piernas aun no responden así que decido estirarme un poco, y entonces, el proyecto de un par de estirones antes de pararme e irme a bañar se convierte en unos quince minutos de acrobáticos estiramientos y movimientos de contorsionista que no podré repetir en todo el día sin desgarrarme un musculo. Puta madre, cada vez soy más perezoso y me demoro más en levantarme. En el colegio mi viejo me despertaba con la precisión de un reloj suizo recién afinado a las 6.25 de la mañana, y yo debía suponer que los últimos cinco minutos eran de regalo por mi buen comportamiento. Reconozco que profesaba por el un visceral odio que duraba una hora y veinte minutos, pero que después lo perdonaba, y para ser sinceros, el redimía sus pecados comprándome algún pequeño juguete o llevándome a pasear en el auto.

Ya me levante y estoy parado en medio de mi habitación. Por un exabrupto del que ahora me arrepiento patee al indefenso – pero aun así hijoeputa – gnomo y cayó al piso quebrándosele el sombrero. Pienso que los símbolos de poder fálico de los gnomos han de ser sus sombreros, tan grandes, erectos y verdosos. No solo gana el pequeñín con el sombrero más vistoso sino el que tiene el más grande, quien sonríe con la seguridad de un macho alfa.

La ciudad se ve distorsionada allá afuera. Ya pasó la hora punta en la avenida así que mientras dormía debían sucederse sonidos de claxon de lo más bizarros y todas las tonalidades de voces de cobrador posible, porque si hay algo que vence las barreras del tiempo y la distancia son las sepulcrales y espeluznantes voces de los cobradores. Pero no vencen mi sueño artificial.

Recuerdo haber sentido mucho miedo mientras dormía pero ahora no recuerdo porque. Debe haber sido la pesadilla recurrente que tengo desde hace muchos años y de la cual solo recuerdo el abrupto final desde 11 centésimas de segundo antes que todo termine, eso me ha llevado a coleccionar libros de lo más selecto de la doctrina interpretativa de sueños. Desde “1000 sueños recurrentes” hasta “El significado oculto de sus sueños”. Con el inicio del insomnio me convertí también en consumista voraz de las novedades al respecto en las librerías de la ciudad. Por primera vez en mi vida podía decirse que era un consumista de algo, de libros sobre sueños.

Hoy la puerta de mi habitación está más lejos que de costumbre y me cuesta sobremanera llegar a ella esquivando los restos de la virilidad destrozada del gnomo que aun así sonríe en el piso. Olvido que mi pequeño escritorio estaba en el camino hacia la puerta y golpeo sus patas con mi pie descalzo y frío

- ¡aaaaau!, puta maaaadre

Lo próximo que digo no tiene valor literario ni lingüístico alguno y corresponde a una serie infinita de diatribas en contra de Jesús, María, Mahoma, Buda y el presidente del Perú, Chile, EEUU, Alemania y Tayiquistán, además de una empresa llamada “Easy house” que, al parecer, tiene una planta de fabricación de muebles desarmables en Taiwán. Malditos taiwaneses pienso, debería venir la enorme y mítica China revolucionaria y arrasarlos en una batalla para recuperar sus dominios (llena de dragones y ataques de anime). Luego del dolor me persigno, Dios es bueno y dije cosas malas, y en verdad me caen bien los taiwaneses, en especial cuando construyen edificios de gran altura en sus ciudades y cuando fabrican muebles prácticos y durables.

Mama me llama desde su congreso de finanzas en Madrid y me pregunta por María. Le digo que no sé nada de ella desde hace tres meses y que lo último que tengo es una carta en la que me explica muchas cosas que aun no entiendo y que por ahora no me interesa entender. En ese punto recuerdo el último día en el que vi al sol en invierno y me veo con mucho frio sentado frente al mar viendo los autos en una hilera desordenada a lo largo de la costa verde. Y veo a María al costado con los ojos cerrados y sonriendo, no recuerdo más.

Le digo a mama que no olvide confirmar la reserva de su vuelo de vuelta y que yo los visitare en Miami el próximo año cuando termine cosas del trabajo. Ella me pregunta si estoy enfermo y le digo que no, que mi estupidez transitoria es producto del bendito-maldito Valium, que ella sabe que me despierto desorientado y que me toma unos 8 o 10 minutos el tomar plena conciencia y comenzar en serio mis días. Me arrepiento de haber dicho eso. Comenzar mis días suena cliché y banal. Uno no comienza nada después de nacer, solo continua y lo hace así hasta que muere. ¿O acaso uno comienza a morir el día en que muere? No lo creo, uno simplemente termina de vivir. Así que no hay tal cosa como comenzar mi día.

Mama se ríe de lo último que le digo y me aconseja dejar de pensar en boludeces e irme a bañar. Cuelgo el teléfono y voy por un té a la cocina. Miro la ventana y un sol incipiente comienza a alumbrar la avenida y yo recuerdo otra vez el día de invierno con sol del pasado mítico. Entonces tocan el timbre de la puerta y yo sé quién es, porque ella solo regresa los días de invierno en los que sale el sol, y este es uno de ellos.

miércoles, 22 de junio de 2011

Chiapas 93


El gringo Mark era una persona extraña. Lo conocí en el aeropuerto de Denver en 1993 mientras yo esperaba mi conexión a Nueva York y de ahí de vuelta a Lima. Ambos nos habíamos quedado sin dinero así que debíamos esperar nuestros vuelos en las bancas del aeropuerto mientras la televisión pasaba imágenes de medio oriente y a un analista político de Stanford decía que era cuestión de tiempo para que la paz y la democracia llegaran a estas regiones del mundo. Mark miraba atento la televisión mientras yo tomaba apuntes en una pequeña libreta para algún día escribir una crónica sobre cómo se siente pasar la noche en un aeropuerto.
Algo en mi caligrafía enigmática debió de haber atraído su atención y se presentó:

- Hi, Mark Nozick

Usualmente las personas no hablan en los aeropuertos, así como en los buses, el metro, los ascensores o las escaleras eléctricas. Mark no comprendía la lógica del sistema capitalista del aislamiento: necesitamos esos momentos de ensimismamiento y solipsismo para digerir al mercado, necesitamos retraernos en nosotros mismos para poder continuar, el mundo esta tan lleno de comunicación que los silencios son un bien escaso y preciado. En pocas palabras, no tenía ni la más puta gana de responderle, pero aun así, lo hice:

- Perdón, no hablo ingles…
- Ahhh, no hay problema amigou, yo hablo un poco de espaniol, ¿Qué escribes?...

¿Nunca les ha ocurrido que se reprochan una decisión apresurada en la vida? A mí me paso con Mark. Jamás me imagine que supiera español, pensé que – por alguna extraña circunstancia – nunca había tenido algún tipo de contacto con algún mexicano o latinoamericano, que no le interesaba el español, que era racista, xenófobo, que ideaba planes secretos para torturar sudacas como yo. Pero no, a Mark le gustaba lo hispano, le atraía, y mi respuesta había resultado ser el percutor de una verborrea inacabable. Durante aproximadamente tres horas, lo cual implicaba una repetición del noticiero de la noche pasando las mismas noticias que ya había visto, Mark me hablo de la historia de México, de movimientos sociales en Argentina y de la oposición chilena brutalmente reprimida durante la dictadura de Pinochet.
Mientras él hablaba solo había una idea fija en mis pensamientos: la banalización del mal. Debía haberme acostumbrado a los horrores que Mark me relataba porque a mí me parecía que Latinoamérica no la pasaba tan mal y que los dictadores eran muy hijo de putas, pero tanto como los presidentes democráticos. En mi mediatizada cabeza – además anacrónica para 1993 – los malos de la película seguían siendo los comunistas y sus sistemas envidiosos de repartición del capital.

Mark era miembro de un pequeño corpúsculo de izquierda radical de la Universidad de Illinois, con tendencias anarquistas en el ala moderada y primitivistas en la más radical – los radicales de los radicales - y lo más subversivo que había hecho en su vida fue tirar pintura verde a la fachada de la casa de un senador republicano en 1991. A mis ojos era un gringo pelotudo. Nada más que eso.

Sin embargo, veía algo de mi viejo en su discurso inflamado (e ingenuo). Desde su perspectiva, el mundo seguía teniendo una finalidad. Por instantes sentía las irrefrenables ganas de decirle ¿Crees en dios, en el desenvolvimiento del espíritu, en Buda…te drogas? Pero si algo había aprendido como peruano exiliado de mi país es a ser un neutral político y muy diplomático. Dosificaba las sonrisas, asentía con la cabeza cada aseveración de Mark y de cuando en cuando le daba la razón de manera autentica porque los locos tienen algo de cordura en sus pensamientos desmesurados.
Mark esperaba un vuelo a Ciudad de México y desde ahí a Cuba. De pronto la escena se me pinto cliché: un tipo de izquierda que escapa del monstruoso e insaciable Tío Sam y llega al paraíso del corporativismo, la isla de Cuba. Pensé en lo gracioso de la circunstancia y en que lo mismo debió creer un escéptico como yo cuando conoció a mi viejo en Panamá tantos años atrás mientras esperaba su vuelo a La Habana.

Perdí la noción del tiempo sobre lo que sucedió después pero recuerdo haber despertado a las cuatro de la mañana y encontrar sobre mi mochila una nota de Mark despidiéndose e invitándome a formar parte de su grupillo libertario. Sonreí, era un gringo loco pero al final me había parecido de puta madre, tal vez con los años se tranquilizara y se convertiría en profesor universitario o, quien sabe, un exitoso empresario ultraconservador.

El 1 de Enero de 1994, meses después de conocer a Mark, exploto en México un levantamiento popular “zapatista” con proclamas contraculturales y anti capitalistas. Por primera vez la facción protestante utilizaba masivamente los medios de comunicación para evitar la represión violenta mediante la difusión de sus proclamas y de la protesta. Yo tomaba café en un despacho del gobierno mientras esperaba que me entregaran algunos papeles, cuando vi a Mark en las pantallas criticando al NAFTA – tratado de libre comercio entre EEUU, México y Canadá -. Tenía una gran barba y había bajado algo de peso. Instantáneamente sonreí, estaba igual que cuando lo conocí y totalmente comprometido con las cojudeces en las que creía. Se había convertido en uno de los dirigentes más importantes del corpúsculo gringo anarquista que había llegado hasta Chiapas para apoyar a las protestas y en la pantalla de televisión se veían dibujos distópicos, figuras del Che Guevara y gringos drogados con sombreros mexicanos. Entonces se me antojó pensar que las revoluciones eran divertidas, y que entre tanta violencia y desbande había mucho amor y comprensión. La protesta duro doce días que tuvieron la mística de Woodstock, con la convivencia de mexicanos y gringos en los campamentos, con la presencia de los medios internacionales cubriendo las performances ideológicas y con muchas anécdotas que los manifestantes atesorarían como sus buenos viejos tiempos de estudiantes universitarios.

Al final supe que el gringo Mark murió de un balazo de salva que accidentalmente perforó su pulmón derecho. Al parecer no llegaron lo suficientemente rápido a una posta médica y el gringo murió de hemorragia. Imagino que jamás pensó morir en una protesta, que esas cosas eran reales pero no tanto, que el pueblo unido jamás será vencido y esas cosas. Pero tampoco creo que el gringo tuviera muchos reparos en morir. Debe haber sentido, en el ínterin entre que se le iba la vida pero aun tenia conciencia, que sería recordado como un héroe subterráneo dentro de la minoría universitaria marxista de las universidades. Si la vida se trataba de desplegar una performance convincente y lograr aplausos encendidos, el gringo lo había hecho de manera magistral y después de todo no estaba tan loco.

Mi vuelo a México está por despegar y el mismo asiento en el que conocí al gringo Mark está ocupado por una pareja de ancianos que al parecer se alistan para pasar sus vacaciones en Bahamas o Santo Domingo. No he visto más gringos Marks pero sería insincero de mi parte si dijera que no lo extraño en estos momentos.