miércoles, 2 de noviembre de 2011

Amigos del colegio




Renato detesta contar historias, es una manía compulsiva que lo paraliza, que no le permite hablar de su pasado, ni de lo que siente, ni de nada. Bueno, también se traslada a su trayectoria académica. Puedo decir que es brillante, o que al menos lo era, antes de perder la cordura.

Se mudó hace 2 años a Lima y desde entonces solo lo seguí a través de una peculiar serie de sucesos. Yo trabajaba ya hace mucho en la ciudad, tenía un buen empleo y la verdad es que no me interesaba volver a Puno.

Creo que nos vimos un par de veces. Renato había alquilado un departamento en el Callao, frente al puerto. Más que un departamento lo suyo era un piso entero mohoso y húmedo, donde la madera crujía a cada paso. La verdad es que hacia un frio de mierda y el olor a mar era pertinaz, se abrazaba de nuestro olfato y no lo soltaba hasta ya estar muy lejos.

Renato había llegado a trabajar como profesor de matemáticas en una academia pre universitaria y en sus tiempos libres se dedicaba a caminar por el malecón y tomar fotografías. Las suyas eran más bien extrañas. No había belleza en sus encuadres, pero si profundidad, como si lo que estuviera retratado en sus composiciones fueran historias intrincadas y dolorosas.

Un tiempo después dejé de verlo. Le perdí el rastro porque cambio de número de teléfono. Era una de esas amistades descontextualizadas. Yo ahora tenía un buen trabajo, era un joven abogado que progresaba en el aburguesado estándar de la buena vida limeña. Él en cambio era un paria, el huevon del cole que vivía frente al mar en un piso tétrico.

La cosa es que por azares de la vida tuve que hacer unos trámites en la comisaria del Callao. Un abogado viejo del estudio había abaleado a un pandillero en el Callao. El viejo de mierda estaba borracho y había creído que el pobre pastrulo le quería robar. De pronto saco la pistola que llevaba en el cinto y disparó con una precisión poco usual para un decrepito con Parkinson como él. Como sea le reventó el cráneo. Los pedazos de hueso, sesos, sangre y carne estaban reventados contra la pared detrás de la escena. Mi trabajo era borrar los rastros, hablar con la policía, invisibilizar el hecho. Ningún abogado importante de un estudio importante había matado a nadie. Ningún amigo cercano del ministro de justicia y del presidente iba al Callao a conseguir drogas y se le había pasado la mano. No, eso no era cierto.

Entre los papeles de la comisaria encontré varias querellas y denuncias contra Renato. En una de ellas denunciaba que estaban robando su casa. Que dejaba cosas en un lugar determinado y que cuando volvía en la mañana no las encontraba o que simplemente estaban en otro lugar. Sonreí. Era lo que faltaba. El cabron de Renato había terminado de enloquecer y ahora deambulaba por las calles golpeando gente y haciendo denuncias. Caminé casi por inercia a su casa y sin recordarlo muy bien llegue a estar sentado en un maloliente sillón, con un vaso de cerveza en la mano y un pan recién horneado con mantequilla.

- Huevon no estoy loco. Me están robando, pero luego me devuelven las cosas.
- Siempre has tenido una mala memoria, estas olvidando donde las dejas las, eso es todo.
- Por las noches escucho ruidos y siento que me miran. Como si se escabulleran en mis sabanas y me miraran toda la noche, casi siento su respiración.
- ¿De quién?
- De él o la hija de puta que me roba cosas. Debe estar enfermo…
- Es hora de irme, busca un trabajo. Estas hecho mierda, flaco, barbón, loco.

Salí de su piso y me fui de ahí fumando, el Callao era uno de los pocos lugares con anarquía apacible que quedaban en Lima. Uno podía hacer lo que le venía en gana, desde matar fumones hasta desaparecer del mundo, y de tanta anarquía uno se quedaba paralizado. Cuando se sabe que uno tiene tanta libertad desaparece la pulsión de transgredir, y entonces la madera del puerto se enmohece y escuchas las conversaciones de las casas de La Punta toda la tarde, y puedes fumar uno, dos, tres, dos cajetillas de cigarrillos sin adquirir noción alguna del tiempo.

Renato compró cámaras para su piso y me llamó para que lo ayudara a colocarlas. Matilde me advirtió de que me alejara de ese amigo extraño que tenía, en el fondo sus temores se fundían con el desprecio, cuando uno progresa no puede quedar rastro de la vida sucia, de los bares al frente de la universidad ni de los amigos extraños. Aun así ayudé a Renato. Tenía unas ojeras enormes y me hablaba de sus sueños estas últimas semanas. Sentía que le susurraban cosas al oído en las noches, que lo masturbaban y lamian mientras él no se podía mover. Por un segundo imagine un espectro cachondo que quería follárselo pero que había olvidado su ausencia de sexo, ya era etéreo. Las almas no tiran, no pueden hacerlo…

Comimos en una cevichería sucia cerca del muelle, nos quedamos hasta las seis de la tarde tomando cerveza y hablando de los amigos de Puno. Muchos de ellos seguían allá, habían anclado sus vidas y seguro les iba bien. Ni yo ni Renato los veíamos hace mucho tiempo. Recordamos los millones de mataperradas de la adolescencia y nos cagamos de risa. Renato no estaba loco, solo que su vida era una mierda. Como pudo ser la mía en un tiempo y como la de miles, millones de limeños.

Volví a casa ligeramente ebrio, Matilde se había ido a una reunión con amigas. Me senté en el respaldar de la cama y me quede dormido. Soñé miles de cosas, soñé que un tsunami en el lago ahogaba a todas las personas que conocí en esos años, vi como mi casa se destruía e imagine ser el único superviviente. Casi sentí el mismo olor mohoso en la ciudad derruida, y de vez en cuando reconocí algún cadáver con los ojos abiertos y los huesos destruidos por la fuerza de la embestida. Soñé con los que escapamos, en nuestras batallas por ser nosotros mismos.

Al final estaba yo frente a un espejo y simplemente no reconocía esos gestos, detestaba al imbécil que se miraba con una sonrisa altiva pero a la vez sentía cada músculo de ese rostro, sentía la presión exacta que conforma esa sonrisa falsa. Y desperté.

Por la tarde volví al piso de Renato pero no había nadie, deambule por las calles y aproveche para preguntar cómo iba el asunto del socio del Estudio. Unas dos cuadras antes de llegar vi a Renato. Estaba pálido. Lo acompañe al piso y encendió su viejo televisor, conectó un aparatejo arcaico a la pantalla y vi las grabaciones sucias, borrosas de las cámaras que instalamos hacía unos días.

De pronto la vi. Era una mujercilla delgada y pálida. Salía de una falsa puertita en el piso de la sala de Renato. Estaba descalza. Tenía unos gestos extraños, solo miraba el piso durante varios minutos. Luego se acercaba a la mesa de la sala y cogía las llaves, las miraba durante un rato y las guardaba. Luego abría la refrigeradora y tragaba con voracidad unas galletas que Renato había dejado hacía más de una semana. Sentí vértigo, mis piernas comenzaron a temblar. Ella se dirigía a la habitación.
Si se ensayaba precisión para escuchar, podías percibir el crujido de la madera y los sonidos de los perros de la calle en una pelea por el liderazgo o por comida. La mujercita se sobresaltaba por la bulla allá afuera y se acercaba a la ventana, luego seguía su camino. Ahí teníamos un punto ciego, no sabemos que más paso esa noche salvo dos horas después cuando la mujercilla regresaba a su hueco en el piso y amanecía una hora después.

jueves, 20 de octubre de 2011

Más de las cuatro

Hoy tengo que escribir de adentro. Como dicen, de adentro para afuera, visceral, sacamierdero. Creo que es así. No, tal vez así suene duro, hostil, demostrativamente oscuro.

Me importa un comino. Hoy voy, tengo (tengo) que escribir de dentro hacia fuera. Sobre los miles, millones de gigantes de un solo ojo y tentáculos que anidan mi cerebro y lo carcomen, y se alimentan de la materia ahí presente, neuronas, conexiones neuronales, transmisiones eléctricas nerviosas, materia e ideas, todo. Incluso de mis nociones de tiempo y espacio, de mi individualidad, de lo que esencial (ontológicamente) soy. Me devoran y se cagan de risa.

Están ahí los muy (magnánimos) hijos de la gran puta y no puedo sacarlos. Ni con Wagner, mucho menos con métodos de hipnosis avanzada o con mentiras republicanas para consumir los días en que no hay universidad en las mañanas, ni si quiera con el mejor producto de Quality Products.

Tienen aspecto enfermizo o más bien decadente, pero aun así una belleza aristócrata-republicana. Son las historias de mi abuelo condensadas en la desproporción grotesca que nunca quise aceptar. Se colocan entre los márgenes craneanos y desde ahí golpetean las paredes de mi cordura haciéndome cada segundo un poco más demente que el anterior.

Rasquetean el tapizón al costado de mi cama y se ríen de la cara paranoide que dibuja la conjunción de mis labios y mis ojos alineados en un ángulo perfecto para retratar el miedo y desconcierto. Es por eso que hoy, lo siento, tengo que escribir desde dentro hacia afuera, para que se busquen un nuevo lugar. Porque con la descripción de sus anatomías fantásticas, ellos se diluyen en ideas pervertidas de mi cerebro cada vez más enfermo. Ya se van y yo con ellas.

sábado, 1 de octubre de 2011

Tíbet


Que hasta el culo,

Te comunico que me voy al Tíbet por decisión propia. No es que me haya salido una nueva chamba, esa con la que soñaba poniendo cara de idiota, para conocer el mundo más allá de sus límites – recomiendo revisar la Biblioteca de Babel, Borges cagaría mis frases en una, con su lirismo altivo y brutal, descomunalmente culto - ganando algo de dinero y viviendo la fantasía del que hace algo por el mundo.

No, me voy porque me he hartado, de ti, de mí, de nosotros. Nosotros. Imposibilidad epistemológica construida de una hipotética construcción intersubjetiva elevada al nivel ontológico, nosotros, decir que en esencia somos inescindibles. Gran mentira, gran fracaso, eso no es amor, el amor no existe.

Me largo al Tíbet porque ahí me lo van a recordar, creo. Dicen que los monjes son buenos desahuevándote, aunque en Home and Health los veas recontra espirituales y mainstream haciendo yoga y comiendo verduritas saltadas.

Eso no es lo que busco. Para eso te tengo, tengo a Lima. A la Lima wannabe, yo voy a que me destruyan, me hagan mierda y solo así reconstruirme. Adiós.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Palíndromos.

Átale, demoníaco Caín, o me delata.
Julio Cortazar.

En número capicúa no es más que una especie de palíndromo. La afición de Daniel por ellos comenzó a su ingreso a la universidad Católica, cuando un reto para los cachimbos del primer ciclo incluía presentar un boleto de bus con un numero capicúa. Magdalena, la delegada del salón de cachimbos había resuelto el problema escaneando con destreza uno de los boletos del bus que recorre toda la avenida Arequipa y llega hasta el parque Kennedy en Miraflores, y colocándole una serie de números que, en su composición, formaban un capicúa, 517715.

Aun años después Daniel recordaba dicha combinación con demasiada insistencia. Trataba de reconocer un plan secreto de Magdalena detrás de esa aparente elección azarosa de cifras. Tal vez había estructurado un complejo juego de simbolismos que deparaban placeres intelectuales sin igual a quien los descubriera. Tal vez y la respuesta a todos los secretos de la vida y la muerte se encontraba en ese muestreo aleatorio de cifras. O tal vez no, de hecho eso era lo más probable.

Pronto Daniel amplió sus objetos de investigación y ahora buscaba clasificar a los capicúas en distintas especies y jerarquías. Le atraían de manera especial aquellos en los que se repetían las cifras varias veces para la conformación final. De entre ellos le gustaba el 999 porque le parecía un satanismo velado por el juego del espejo.

Pronto los números resultaron insuficientes y era necesario encontrar nuevas e infinitas formas de expresión con las palabras. Daniel discutió con Augusto, un buen amigo que estudiaba literatura, sobre la posibilidad de construir narraciones palíndromas con un valor literario respetable. Augusto discrepaba, para él el valor de la escritura se encontraba no tanto en el artificio estructural escogido sino en el contenido, pero para Daniel ambos conceptos se encontraban indisolublemente entrelazados de tal manera que construir un cuento palíndromo era un imperativo de estética literaria.

Daniel pensó en expandir los límites del lenguaje llevándolo hasta el borde del absurdo. Ideó narraciones secretas escondidas en una lectura que solo considere una cada cuatro o cinco palabras, de tal manera que haciendo esto se llegue a una historia con un final completamente distinto al de la misma leída de manera simple.
Pensó en cuentos que pueden ser sometidos a relaciones de copropiedad porque contienen en realidad una serie duplicada de narraciones, unas en la primera mitad de cada hoja y otras en la mitad inferior, además de la narración leída de manera tradicional en toda la hoja. Pensaba que de esa manera el literato hacia una deferencia para con su público al regalarle en realidad tres cuentos en donde solo debía haber uno. Por supuesto, todos estos eran juegos de finura. Jamás Daniel se atrevería a revelar las estructuras secretas de sus narraciones a los novatos.
Cuando conoció a Matilde encontró en ella a la admiradora soñada de sus pretensiones literarias. Ella misma había desarrollado una afición escurridiza por los números capicúas, de tal manera que sostenía en su memoria, con todas sus fuerzas, el recuerdo de indescriptible felicidad de la primera vez que recibió un boleto capicúa en los enormes y viejos buses que recorrían toda la avenida Brasil cuando era niña, 617716.

Pero había algo que a ella le disgustaba de los capicúas de seis cifras de los boletos de autobús, y era la necesaria repetición de la cifra central, 77 en el caso de su primer capicúa y que solo desaparecía con aquellos impares que no existían en el transporte público. Le parecía un rasgo tosco y que hacia demasiado evidente el juego de la vista para identificar a los capicúas.

Por esa misma razón despreciaba la facilidad de los capicúas compuestos por 8 y 0, porque era simple la lectura e identificación de las cifras. Prefería aquellos números con algún 7 o 9. Y de entre todos los números, definitivamente el 9 era su favorito. No es cierto, el 9/6 era su favorito porque era un número de identidad andrógina e indefinida, sexualmente 9 pero con la posibilidad de desempeñar un rol de género como 6 y viceversa.

Matilde no encontraba mayor placer en otro tipo de palíndromos. Cuando Daniel le hablo de aquel que construyo Julio Cortázar alguna vez, ella rápidamente paso a otro tema relacionado a la arquitectura secreta de las estructuras numéricas.
Y es que ella admiraba a las ecuaciones por su poder simbólico más que por su reto intelectual. Solía navegar por internet para buscar ecuaciones retorcidas de belleza indiscutible.

La arquitectura secreta del tiempo debía depararles una vida juntos, compartiendo la afición por el ejercicio de ir y volver y leer lo mismo, interpretar lo mismo o entender lo mismo. Y es por eso que en la muerte de Daniel, busco Matilde una vuelta a los primeros instantes, algún detalle se le debía haber pasado por alto y por eso no pudo predecir el día, hora y lugar de la muerte de Daniel y poder despedirse.
Cuando el teléfono sonó y le dijeron que Daniel había sufrido un paro cardiaco en el tribunal en el que trabajaba, Matilde sintió un horror profundo producto de no poder describir y antelarse a los juegos del tiempo que debían ser como los números capicúas.

Reviso las cartas juveniles que le enviaba Daniel, todas con originales juegos narrativos que terminaban en el punto de inicio pero en ninguno se hacía referencia a la antelación de los sucesos futuros. Daniel, tanto como ella, a pesar de tantos esfuerzos no había podido llegar a una solución sobre la pregunta crucial de todo número capicúa.

Pero mientras iba a la casa de la hermana de Daniel, tanto tiempo después subida en un autobús por su estado nervioso crispado, notó que el boleto de la ruta que iba desde Miraflores hacia Lince por la avenida Arequipa tenía el número 517715. Por supuesto, esto no la sorprendió porque para ella este número, a pesar de ser un simple capicúa, no representaba nada más.