domingo, 19 de febrero de 2012

Sociologia del miedo


- El miedo es uno de los sentimientos más primarios en la especie humana – dijo Pablo, actuando su papel de gran profesor en un auditorio repleto de imberbes ansiosos de escuchar su prédica intelectual. Acababa de presentar un libro de sociología del miedo que prometía revolucionar la comprensión que teníamos de ese sentimiento tan molesto y primitivo.

Solemos asociar el miedo a situaciones que nos oprimen, situaciones que creemos compartir con muchos otros. ¿Quién no ha oído alguna vez una historia de fantasmas? – Varios alumnos asintieron. Pablo imaginó que desde aquel momento no volverían a atender su clase, perdidos en antiguas casas en las que la madera crujiente hacía las veces de malévolos espectros. Cada historia ubicada en un espacio y tiempo diferente, el espacio imaginado del pasado de los asistentes. Recordó sus propias historias en Jayanca, entre los árboles que lo protegían de los treinta tantos grados del medio día. Aun no olvidaba la cara de la niña con la que había hablado.

- En el momento en el que se comparten las historias de fantasmas es cuando podemos comenzar a hablar de una sociología del miedo a los espectros, porque el acto de compartir crea un lazo entre mis historias y las suyas.
De pronto una de las enormes puertas del auditorio se cerró con violencia pero nadie, excepto Pablo, pareció notarlo. La niña lo había llamado a la sombra de un naranjo, y le había mostrado un viejo reloj alemán. Le había hablado de su padre, un hombre galante y refinado, y lo había invitado a pasar la tarde en su casa a la salida del pueblo.

Este ciclo vamos a explorar el terror, la forma más intensa de miedo. Vamos a ver hasta qué medida… - Hacia mucho frio y Daniel cogió su saco, se lo colocó y sintió que nadie lo escuchaba. Tenía un auditorio repleto de ausentes, de espectros, y sintió miedo.

- Vamos a ver hasta qué medida el terror se puede convertir en una forma de sentimiento compartido. Déjenme mostrarles algunas imágenes.
De pronto apareció El grito de Munch y Daniel pensó en la ansiedad por ver a la niña del reloj alemán aquella tarde. Recordó los zapatos de charol que su madre había lustrado cuidadosamente y los pensamientos que rondaban su cabecita mientras caminaba hacia la salida del pueblo.

Daniel oía pasos que se acercaban al estrado desde el que recitaba su clase (porque su oratoria, salvo hoy, solía ser impecable y seductora). Eran pequeños y pausados pasos, rítmicos y ligeros. La siguiente imagen provocó más comentarios, era uno de los grabados apocalípticos de Durero, y Daniel supuso que los alumnos los habían visto en su clase de historia del arte.

Después de caminar distraído por algunas manzanas del polvoriento pueblo, Daniel notó que se alejaba de las ultimas casas y no encontraba la casa del boceto que le había entregado la niña, pero se acercaba a una pequeña tumba con una cruz de madera avejentada y una inscripción en algún idioma cuyos garabatos resultaban desconocidos.
Reconoció entre los jóvenes que tomaban apuntes a una niña de ojos vivaces y brillantes, que se levantó de su asiento mientras los pasos se hacían cada vez más fuertes. Daniel mantenía una calma aparente y hablaba del miedo y la resignación, y repasaba las narraciones medievales sobre las procesiones de flagelantes. La tumba pertenecía a un soldado chileno de apellido alemán, y debajo de un arreglo floral había una foto muy antigua de él y su esposa, y una pequeña en brazos.
La mujercita estaba a unos metros y Daniel finalmente soltó el control de las diapositivas mientras temblaba. Los pasos cesaron y una mano fría le entregó un reloj alemán y una foto antigua, el escenario era la puerta del mismo auditorio en el que hoy Daniel dictaba su clase de sociología del miedo.

sábado, 4 de febrero de 2012

Mudanza


Con la mudanza, Flor esperaba terminar con las pesadillas que le producían las figuras exageradas de las paredes de la antigua casa. Esculpidas en una madera robusta y fina, de gestos artificiosos y malévolos. ¿Por qué si alguien te paga para esculpir un busto tuyo, el producto es tan siniestro y grotesco? Tal vez porque no hay manera de cambiar tanto la verdad sin la grosería del artificio. Tal vez porque la familia de Flor – una de abolengo, de estirpe, una familia de la socialité limeña de inicios del XX – era intrínsecamente perversa. Eso pensaba Flor cuando niña cada vez que paseaba por la gran casa con su nuevo juguete. Pero esta no es la historia de esa bella casa de más de doscientos años, es la historia de la mudanza de la pequeña que vivía sola en ella.


Sus padres habían muerto cuando ella estaba en los primeros años de la secundaria, y como el colegio era un internado, no lo supo sino hasta que salió de él el fin de semana. Curiosamente nadie reclamó su custodia ni la enorme herencia que debían haber dejado los padres. No había testamento, no habían tíos, primos o abuelos, ni esos tíos de cariño que aparecen cada vez que se habla de dinero en las grandes familias. A Florcita le quedaban un par de años para ser mayor de edad así que decidió que lo mejor sería quedarse con todo y tener cautela para que nadie supiera que ahora estaba ella sola en la gran casa.

Por las tardes luego del colegio, cogía algún libro de la babélica biblioteca y lo hojeaba con calma. De vez en cuando caía en uno de esos librejos de los poetas malditos de los que su padre tanto hablaba, y entonces lo devoraba en una tarde, sin saber porque seguía leyendo a pesar de no creer entender ni la mitad de las metáforas y alegorías de los poemas. Otras veces tenía entre manos esos libros de aventuras soviéticos que narraban la llegada de grandes fábricas a Georgia o San Petersburgo, y las tramas tenían misterio y acción de jóvenes como Flor, de dieciséis o diecisiete años, que terminaban enrolándose en las fuerzas revolucionarias y forjando el futuro de la nueva Unión Soviética. A flor le aburrían estos libros, así que usualmente los leía por un rato y luego se distraía con las figuras macabras de los pasillos, o los sonidos que venían de la calle.

Casi nunca almorzaba, y por las noches preparaba algo que sabía insípido y que dejaba sin terminar. Su madre jamás quiso enseñarle a cocinar y la botaba de la cocina diciéndole que su lugar jamás sería ese, que ella tenía que estudiar e irse muy lejos, y nunca regresar de esta infecta tierra en la que ahora vivían.

Flor no tenía demasiadas amigas en el colegio, y la mayoría de chicas la veían como a una extraña. La gorda Mondonga –como le gustaba decirle Flor en su imaginación – la jodía todo el tiempo pero al ver que Flor no se inmutaba con sus palabras, le rozaba el codo o la manchaba con la grasa de los tamales que se atoraba en los recreos. Sus profesores no le prestaban demasiada atención, era una alumna cumplida pero no destacaba en ningún curso. La mayoría de sus maestros diría que ella era distraída, o más que ello, ida, como si no estuviera ahí, como si el espíritu de esa casa la tuviera cautiva y no pudiera escapar...no quisiera escapar.

Por las noches escuchaba ruidos de pasos en la sala del primer piso y en los pasillos pero no se preocupaba demasiado. A veces despertaba y veía enormes sombras encima de ella, susurrando palabras incomprensibles, lascivas, molestas, inquisitivas. Pero las ignoraba y volvía a cerrar los ojos. Soñaba con sus padres, en el auto, paseando por las haciendas del norte. Con los jornaleros que los saludaban a su paso. Veía que a ella le sonreían de manera juguetona mientras que a su padre lo veían con miedo y respeto (¿no es eso lo que se le tiene a Dios? se preguntó una vez, miedo a Dios, ¿no es una virtud o algo así?). De pronto llegaban a la casa y mama los esperaba con helados caseros y un vaso de chicha.

Esa casa en medio de la hacienda era igual a la casa en la que ahora vivía sola, con sus grandes ventanas, amplios pasillos, escaleras con pasamanos de mármol, las habitaciones de techos altísimos y las figuras esculpidas en madera. Cuando Flor paseaba por los pasillos oía gemidos e imaginaba a su padre tirándose a la sirvienta, diciéndole vulgaridades, jalándole el pelo tan fuerte que ella comenzaría a gritar en cualquier momento.

Flor se despertaba de mal humor pero rápidamente olvidaba porqué y sentía la humedad en su entrepierna (jugosa, caliente, bullente). Y volvía al colegio, y sus profesores pensaban que era parca, ida, distraída…
Un día llevo a la holandesita de intercambio a su biblioteca, y esta se sorprendió al ver los libros en alemán del papa de Flor.
- Creo que tu papa era muy culto, tenía libros en alemán – dijo la gringuita, con un español torpe y gracioso.
- Sí, yo quiero leer todo lo que el leía. De niña me leía esos libros de allá – y señalo un pequeño armario polvoriento con dos portezuelas de manecillas ovaladas.
Sacaron un libro, lo comenzaron a leer y mientras Flor sentía la cadencia en la voz de la holandesita, el calor de su aliento y la cercanía de su piel, la beso en los casi inexistentes labios. Dos pequeñas líneas que anunciaban su boca. Tuvo más y más calor en la entrepierna y arrojo el libro a la silla del costado y mordió con suavidad. Hannah le sonrió y la aparto un poco, dejo su bolso al costado y la embistió con más fuerza.
Los espíritus la jodieron tanto esa noche, gritaban, gemían, corrían y hablaban entre ellos. La casa se convirtió en un infierno pero a Flor no le interesaba. Había mordido a la holandesita, había estrujado sus pechos y por un instante le falto aire, el instante previo a caer rendida en la alfombra sucia de la biblioteca. Luego de eso ambas se vistieron y siguieron ojeando libros al azar. De pronto Flor encontró un sobre en el Segundo tomo de los Diálogos platónicos de su padre. Contenía un secreto que Flor no estaría dispuesta a soportar pero que por lo menos hoy no le interesaba. Mañana mismo se mudaría, con la holandesita, y harían lo que hicieron hoy cientos de veces cada día.

Historia al revés


Las historias no advierten sobre el desarrollo de sus sucesos. Si así fuera, más que leídas serian estudiadas, y el tedio de tal actividad alejaría a muchos de su lectura. Pero aun si así fuera, si las historias advirtieran de su final – incontrovertible, preestablecido – a cada instante; si en cada pie de página, más que un desarrollo exhaustivo de un detalle nimio hubiera un resumen pequeñísimo de los últimos tres sucesos antes del final, aun en ese caso podrían existir historias en las que lo que nos interese sea un punto medio entre la primera oración – nunca certeza del inicio cronológico de la historia –y la última línea, final avisado del desenvolvimiento narrativo.

En esas cosas pensaba mi abuelo mientras montaba sus maletas en un camión destartalado que lo llevaría por la pampa argentina hasta la frontera con Brasil, y de ahí quien sabe a dónde. En sus recuerdos se mezclaban la cara de su madre, una vieja estricta y de modales finos, la despreocupación de su padre y las lágrimas de María, aquella mujer de la que nunca supe hasta leer sus cartas. Tiritaba de frio mientras el armatoste avanzaba en medio de una tarde sombría y enorme, tanto como el espacio que mediaba entre él y el lugar del sol antes de marcharse.

Lo imagino mirando hacia atrás desde la tolva del camión, contando las cabezas de ganado, sacando el pequeño libro desgonzado que llevaba en sus bolsillos, recitando algún verso en portugués y dormitando en tanto su cuerpo se acostumbrara al frio.
En el fondo nos unía una incapacidad congénita de sentirse parte de algún lugar en específico, él en esa pampa y yo en esta carretera.

En mis recuerdos aparecía ella y en ese punto vuelvo al inicio cuando explicaba que hay historias de las que uno sabe el final pero aun así insiste en el morbo de comprobar su hipótesis mediante la vivencia de los hechos. Ya en el trabajo estaban hartos de mi ausencia y me habían dado un ultimátum. Estaba tan convencido de que no volvería que respondí adelantándome con una renuncia, y entonces el tono de las comunicaciones cambio de uno desafiante a uno suplicante. No creo que me extrañaran, creo que necesitaban de vuelta alguna clase de inversión en conocimiento, pero ni yo sabía en qué momento todo había cambiado tanto. De pronto el bus se detuvo y los pasajeros bajaron a buscar algo de comida y estirar las piernas. Yo la recordé a ella y supe cómo iba a terminar todo.

domingo, 8 de enero de 2012

Vacaciones de verano


Nos hartaba el aburrimiento de la ciudad. Hace tiempo que no pasaba nada interesante y ciertamente nos estábamos desesperando. El gordo ya no salía de su casa desde que le compraron la nueva consola de juegos así que ya no teníamos a quien vacilar. Y Matilde, la gringuita que se mudó al barrio el año pasado se había ido de vacaciones con su familia de Croacia, o algo así.

Con Pepe y Facundo nos pasábamos el día montando bicicleta y viendo porno en una computadora que cargaba videos de quince minutos en hora y media. Mientras tanto hablábamos de chicas. ¿María seguiría siendo virgen? ¿Daniela le daría bola al gordo? Pepe tenía la manía de subir las escaleras cada cinco minutos para ver si su mamá no sospechaba y bajaba a su habitación. Pero en el fondo la escena que vería sería patética. Tres chibolos sudados hablando de niñas con un video que no cargaba hace horas y que encima era de mala calidad.

De pronto la escena corría completa y nos sentábamos embutidos en un pequeño sillón con manchas de kétchup y mostaza. En la pantalla una rubia tetona jugueteaba con sus pezones y yo me comenzaba a poner nervioso. Debo reconocer que de todos, yo era el que peor manejaba estas situaciones. Usualmente hacia alguna broma estúpida sobre un detalle irrelevante (¿Esa era una cucaracha?, ¡Mira, el actor tiene un tatuaje de AC/DC!) pero mis amigos lo ignoraban y seguían embelesados frente a las dos montañas blancas y de pezones rosáceos en la pantalla.

En el fondo esperaba que la mama de Pepe nos encontrara a los tres, trio de pajeritos, con la mano peluda en la pija, hablando cochinadas y babeando frente a Kristen D o alguna de esas actrices de las pelis porno. Detestaba el aburrimiento y desesperación que me producían las tardes en las que veíamos películas y comíamos pizza. Extrañaba a la pequeña croata. ¿Ella también tendría tetas bonitas? No, era muy flaca, pero era bonita, linda. Con su acentito extraño, su pelo rubio y sus ojos verdes, sentada dos filas delante de mí con el gordo sudando a su costado, esperando ansioso al recreo para tragarse el huevo cocido que le mandaba su mamá.

De pronto sentí algo en mis pantalones y tuve que taparlo con mi brazo y con un vaso de gaseosa. Mis amigos no lo notaron. Kristen D gritaba como posesa, y debíamos bajar el volumen de los parlantes cada vez más. Hablaba en un idioma extraño y se me ocurrió que ese podría ser el idioma de Matilde. El huevon que se la tiraba mugía, graznaba y vituperaba groserías. Se me antojo imbécil y primitivo y lo odié. ¿Cómo podía nalguear a la princesa Matilde?, ¿Cómo podía morder sus tetitas?

El vaso lleno de gaseosa se me cayó al piso y fui corriendo al baño para buscar con que limpiar. Facundo dijo algo que no alcancé a oír y subí corriendo las escaleras. Entré al baño, me lavé la cara – Tranquilo Franco, ella no es Matilde, es una rubia gorda y tetona que grita demasiado y se la tira un eunuco baboso, tranquilo – salí del baño y me encontré cara a cara con la mamá de Pepe que miró mi pantalón

- ¿Qué están haciendo allá abajo Franco? – en su mirada había una certeza perversa. Sabía que abajo un mal actor porno se estaba tirando a mi princesa, a Matilde. Sabía que se me había parado viendo esa escena repugnante, que me había puesto nervioso y que había subido a lavarme la cara y pensar un poco.
- Nada señora, jugando en la computadora.
- Entonces acompáñame – fingió despreocupada - vamos a llevarlos a conocer el nuevo parque de skaters a dos cuadras.
- Si…claro señora

La había cagado, sería el soplón del verano. Le había dicho a la mamá de Pepe que el par de pajeritos allá abajo estaban viendo cosas que los niños no deben ver. Ella lo sabía y eso le daba poder sobre nosotros. Más que disfrutar el regaño y el castigo, disfrutarían la humillación propinada (amor, ¿No sabes que pasó hoy? ¡Encontré a tu hijito viendo porno con sus amiguitos los del barrio! – ¿En serio?, y el padre pensaría “Ese es mi hijo carajo”. Pero luego diría “Un momento, estos mocosos tienen 12 años, yo debuté a los catorce, ¡deberían estarse gileando a las chiquitas del barrio para tirárselas de acá a unos meses!”).

Yo lo sabía. Mientras caminaba hacia las escaleras pensaba en la ley del hielo, en que no me hablarían por semanas, en el teléfono sonando en mi casa – “Señora, encontré a su hijo viendo perversiones en la red, una mujer siendo penetrada por un punk con tatuajes obscenos, ¡imagínese!, una penetración, a esta edad” – y mi mama llevándome donde el padre Javier para que me diga que la masturbación es pecado, que diosito lindo nos da una pijita para reproducirnos, que las mujeres tetonas son tentaciones del demonio (y yo pensaría, La mujer que se confiesa los lunes, miércoles y jueves, esa que es mi vecina ¿Es una tentación del demonio?, entonces usted la pasa muy bien con el demonio, porque lo veo echándole miradas furtivas y coqueteos sutiles)

Pero en el fondo, de toda la vergüenza que se avecinaba lo que más me jodía era la posibilidad de que Matilde se enterara. Yo, el nerdcito de la clase, el buena gente, el que se sacaba muy buenas notas y sabia cosas imposibles (El año de la revolución francesa ¿Cómo puedes saber eso?) avergonzado frente a Matilde quien me observaría con una mirada acusadora. ¡Eres un enfermo, un pervertido! ¡Nunca más me hables!
Castigado todo el verano. No podía ver a mis amigos y me la pasaría leyendo libritos de aventuras, imaginando que las heroínas de la historia tenían cara y acentito de Matilde, escuchando los rumores sobre el chisme que crecía (¿Sabía que los chibolos de acá a la vuelta ven zoofilia?, zoofilia pues, cuando se meten con animales. ¿Sabía que el paliducho, el más altito, es medio satánico vecina?, ¡Yo le dije a su madre que no lo metiera en ese colegio que tiene desde maricones hasta enfermitos!) Todos los días mamá llegaba avergonzada porque habían creado una nueva historia en el barrio. Los papás del gordo le habían prohibido que se volviera a juntar con nosotros y a Pepe lo habían cambiado de colegio, pero se filtró el chisme de que era cabrito y que tenía revistas de hombres.

Eneeeeeeeeero, febreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeero y marzo, por fin marzo y el primer día de clases. Matilde que no llegaba, el gordo que esquivaba mis miradas, Matilde que no llegaba, la formación para cantar el himno, Matilde que no llegaba, la primera hora de clases, Matilde…

Esa tarde caminaba a casa triste. Pensaba en Kristen D, la gemela de Matilde. Pensaba en Matilde, la musa de mis escritores, en los veranos, en los amigos del barrio. De pronto vi a lo lejos a una rubiecita que jugaba con su perro. ¡Estaba seguro de que era Matilde!

- Hola, ¿eres Matilde?
- Hola, si… ¿Tú quién eres?
- Ah, sí. Soy Franco, de tu salón del año pasado – Cuando dije esto pensé que todo estaba perdido, había revelado mi identidad y con ello todas los mitos detrás de mi historia masturbatoria. Con solo pronunciar las silabas de mi nombre, un aura lechosa y seminal se esparcía sobre mi cuerpo y me hacía vil y degeneradito.
Matilde sonrió y sus dientecitos blancos aparecieron. Se había puesto frenos y no me importaba, su pelo estaba recogido y sus manos sucias porque se había tropezado mientras paseaba al perro.
- Ya me acordé. Tú eres uno de los pajeritos. No importa, me caes bien. Ven a mi casa el jueves. Podemos ver televisión, mis papás no van a estar. Puedes poner tu brazo en mi espalda y rodearme hasta abrazarme. Puedes besar mis mejillas, puedes besarme. Luego podemos cerrar la puerta de calle con llave para asegurarnos de que mis papas no puedan entrar, y podemos tirar, como si yo fuera Kristen D y tú el actor del tatuaje…

De pronto Matilde se alejaba aterrorizaba y yo tenía una vergonzosa erección que disimulé sentado hasta que desapareció.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Novela (aún sin nombre)


I

El secreto de los sueños

De cómo Daniel recuerda el pasado


Daniel entro en la habitación llena de hombres con gesto grave. La mayoría de ellos pasaban los cincuenta años y vestían andrajosamente. El más viejo de todos sostenía una copia polvorienta y roída de La Dialéctica de la Naturaleza de Engels, y hablaba apasionadamente de la ciencia escondida detrás de las estructuras más elementales del mundo, de la dialéctica de la física, química, psicología y demás.
Daniel sintió el impulso repentino de contradecirlo y referir que ese mismo libro había perdido vigencia al momento de su publicación, muchos años después de la muerte de Engels. Pero entonces comprendió que esos retazos de historia eran lo único que daba sentido a los amargados días de la vida de aquellos hombres. Entonces pidió comenzar la reunión.

- Muy bien señores – dijo un hombre alto y grueso, de voz grave - Los he convocado porque debemos decidir las acciones a tomarse luego de las últimas medidas del gobierno.

El hombre se refería a la implementación de un nuevo programa de ajuste fiscal y reducción de los subsidios a productos agrícolas. Por un instante Daniel esbozo una sonrisa despreciativa, creía profundamente que esa incapacidad de la izquierda peruana de plantear propuestas los convertía precisamente en su némesis: en reaccionarios. Pensó en los grandes logros zurdos desde los setentas y solo encontró una serie de oposiciones a cualquier propuesta política, y que a pesar de que muchas de dichas oposiciones tuvieran un sustento realmente sólido, la mayoría no eran más que auténticas ganas de joder.

Pero si los despreciaba con tanto empeño ¿Por qué estaba ahí, Entre viejos zorros políticos que discutían sobre la correcta interpretación de algún antiguo libro soviético?

El abuelo de Daniel había sido dirigente de alguna de las tantas facciones o grupúsculos de izquierda en el Perú de los años sesenta en adelante. Aquel anciano que recordaba como un hombre bueno y de mirada apasionada había convivido en cuartuchos de madera con olor a cigarro con una fauna extravagante de socialistas, comunistas, anarquistas y primitivistas. De entre todos, su mejor amigo, Raúl era un músico amante de los Beatles que estaba ahí por el placer de sentirse un antisistema más que porque le interesara alguno de los temas que se debatían.

Precisamente Raúl había muerto en Cochabamba hacía dos meses y a la oficina de Daniel había llegado un sobre de su esposa, que contenía una carta en la que le pedía que la visitara en su casa de Potosí. Por un par de días Daniel olvidó el contenido de aquella carta, que daba la impresión de haber sido escrita hacía muchísimo tiempo. Devorado por los preparativos de su boda, Daniel había olvidado que la carta tenía una referencia a su abuelo, y se mencionaba que había algo que se le debía entregar a Daniel, y a nadie más que a él.

De pronto, el cuarto día después de recibida la carta Daniel tuvo un sueño extraño en el que su abuelo le hablaba de la revolución en las montañas y le pedía guardar un secreto. ¿Qué secreto era ese que su abuelo le había pedido guardar?

- Creo que debemos quitar el apoyo al gobierno, nosotros nos unimos a ellos pensando que era el inicio de una serie de cambios significativos. ¡Es cierto! – gritó otro hombre - lo que ha ocurrido es que se ha derechizado todo y ahora están gobernando para los ricos.

De pronto al unísono las cabezas asintieron resignadas y preparadas para reasumir su rol histórico de oposición. Había terminado el sueño del cambio.
Daniel quiso decir algo, explicar que había un sustento económico para las medidas del gobierno, y que era imposible mantener los subsidios con la difícil situación económica mundial pero calló. Por primera vez en muchos años su arrogancia había sido devorada por una humildad sobrecogedora. No sabía tanto del marxismo, leninismo o maoísmo como aquellos hombres, y por lo menos por hoy se dejaría embelesar por sus argumentos cargados de retórica y pasión fingida.

Su abuelo jamás había sido muy leninista o trotskista que digamos, y por ello se había ganado peleas con los militantes más ortodoxos. Había mucho de misticismo en el comunismo de su abuelo, como si más que creer en la ciencia social suprema, quisiera recobrar la utopía de las obras de Tomas Moro y de Tommasso Campanela. Más precisamente su abuelo admiraba al entonces dirigente albano Henver Hoxha. Daniel recordó los cientos de libros escritos en ruso, alemán y español sobre el líder de aquel país tan lejano.

“Matilde, debo hacer un viaje antes de poder casarnos. Necesitaré algunos días. No te preocupes por mí. Te quiero, Daniel”

La nota era corta y no tenía ningún dato relevante que llevara a Matilde detrás de Daniel, tal como él lo quería. Pero también quiso tener un poco más de inspiración, dejar en claro que a pesar de ser un tema trivial, había algo en su pecho que se apretujaba y que desde aquel sueño lo precipitaba vertiginosamente al silencio de una carretera vacía. Potosí estaba lejos y precisamente esa distancia física servía de metáfora a la distancia mental que necesitaba Daniel para comprender la certera magnitud de su preocupación. Recordaba que la escena de su niñez había ocurrido en verdad, y eso le irritaba ligeramente. ¿Por qué no recordaba que era lo que su abuelo le había dicho?

- Tengo una pregunta – increpó uno de los más jóvenes, con el ímpetu y falta de respeto propio de su edad núbil. ¿Adoptaremos una postura cobarde y solo enviaremos un comunicado que nadie leerá a los periódicos, o tomaremos acciones por nuestras propias manos?

- ¿Qué quieres decir con tomar acciones por nuestras propias manos? – Dijo el hombre alto que le había llamado la atención a Daniel al entrar en la habitación. Había algo en su mirada que lo llevaba a desconfiar de sus convicciones políticas, como si fuera otro el interés por acudir a aquellas tertulias banales.

- ¡Mírennos! – insistió el joven con vehemencia – hace tiempo que hemos dejado de querer la revolución. Pareciera que solo esperamos nuestras muertes pero que por inercia debemos oponernos a algo y salvar nuestras almas de la deshonra de amar al gobierno y a la mediocridad del país. Hace tiempo que no hemos intentado subvertir la realidad y construir la utopía.

En ese momento algunos rieron e hicieron comentarios de burla. Daniel en cambio pensó que no había escuchado algo tan cuerdo en mucho tiempo, que si recordaba algo de sus clases de filosofía de la universidad era la voluptuosidad de la conciencia proletaria, y la violencia con la que se emprendería la revolución. Pero aquel joven no era marxista, Daniel se enteró luego de que era un anarquista bastante de vanguardia. Mas precisamente su secta emprendía calurosos debates pues creía que luego de la abolición del estado opresor se debía volver a la vida primitiva y salvaje, cazando para sobrevivir, y viviendo en pequeñas aldeas.

El viaje le tomó a Daniel tres días por bus, y en algunos momentos se reprochó su falso entendimiento de la rebeldía. Si podía comprar un pasaje de avión ¿Por qué no lo había hecho? Tal vez pensó que podría leer y escribir durante las largas horas de camino, pero en su lugar tuvo que resignarse a ver las películas mediocres de Hollywood dobladas con voces inverosímiles. En muchas de ellas creyó reconocer gestitos y maneras de Matilde, como la posición de las manos al tomar el té, o la mirada triste de las despedidas.

Las constantes paradas se debían al pésimo estado de las carreteras del país y entonces el chofer dejaba que los pasajeros bajaran a estirar las piernas. En algunos de esos intervalos en el viaje, Daniel cogía el pequeño maletín de mano que tenía y se alejaba del bus como queriendo que lo abandonen; sin embargo, siempre se arrepentía porque el deseo de conocer finalmente el secreto de su abuelo lograba vencerlo.

II

Mi viejo el comunista


Querida Do:

Viejita, ¿Cómo estás? Yo llegue por la tarde a La Paz, tuve algunos problemas en las oficinas de migraciones y por eso mi viaje se retrasó. Estoy bastante cansado e imagino que mañana partiré recién de regreso hacia Puno.

No pude escribir antes porque no encontré donde conectarme a internet. Tengo las cosas de mi abuelo que me entrego la esposa de Don Raúl, ¿Te acuerdas de él? Era el viejito alto y delgado como una soga que llegaba a casa de vez en cuando para visitar a mi abuelo. Son cosas increíbles. Hay miles de pasquines revolucionarios y libros en ruso o alemán. También encontré muchos ensayos de mi abuelo y algunos otros recuerdos.

Pero no creas que él solo vivía de la política. También he encontrado las cartas que le escribía a mi abuela Carmen, y aunque no lo creas, parece que el abuelo tenia vena literario. Algunas de esas narraciones me han emocionado hasta las lágrimas, y me avergüenza el contártelo.

Sin embargo no son esas cosas las que más me han sorprendido sino un secreto cuyo destinatario era yo mismo. Creo que mi vida no ha sido la misma desde que me fue entregado, pero esa es otra historia.

¿Sabías que mi viejo fue arrestado tres veces en Bolivia por intentar pasar propaganda revolucionaria al sur del Perú? Las declaraciones policiales están en la pequeña caja que estoy enviando a Lima. En las fotos de aquellos años el viejo está flaco y barbón, y no puedo dejar de imaginarlo fumándose un puro y tomando un vaso de ron con esa gaseosa cubana de la que nos hablaba, como todas esas historias que nos contaba sobre su viaje a Cuba cuando éramos niños.

Quiero que se las muestres y que le entregues las cartas que mi abuelo le escribió durante esos años pero que jamás le entregó, creo que se alegrará de verlas y de recordar al “Papaiki”, como lo llamaban de cariño.

Yo voy a extender mi viaje por algunos meses, y tal vez pierda un poco el contacto con ustedes. Es una deuda que tengo con mi abuelo y me disculpo de antemano por no dar muchas explicaciones.

Muchos cariños a la familia.

Daniel


III

Daniel llega a Potosí


El bus arribó a la estación cuando comenzaba a amanecer. Había sido un viaje infernal y Daniel había vomitado tres veces. De pronto sintió como si todo hubiera valido la pena mientras comenzaban a ver a la ciudad debajo de ellos. Entonces cogió un cuaderno en el que apuntaba algunas cosas y escribió una frase al costado de un pequeño dibujo. Pensó en esos viajes familiares en los que habían recorrido el Perú cuando era niño, y en la sensación de inocente libertad que le daba abrir la ventana y escuchar las canciones que llevaba en un cassette de grandes éxitos. Sin saber muy bien cómo ni porqué Daniel comenzó a llorar por lo que tuvo que girar bruscamente su cuello y esconder la cara frente a la curiosa señora que viajaba a su costado. De pronto encendieron las luces del bus y la gente empezó a desperezarse a pesar de que algunos seguían profundamente dormidos.

Daniel solo tenía la dirección de la familia del señor Raúl en una libreta de los Simpsons pero como aún era muy temprano pensaba ir a un pequeño café y esperar ahí hasta una hora decente para recibir visitas.

Como solo tenía una pequeña maleta no le tomó demasiado tiempo salir del terminal y dirigirse a la puerta. Tomó un taxi pero luego se arrepintió y tuvo que fingir que estiraba los músculos frente al chofer, entonces cruzó la acera y paró al colectivo que lo llevaría al centro de la ciudad.

Llovía persistentemente y las llantas del vehículo chillaban cada vez que tenía que girar en alguna calle. Dentro, los pasajeros miraban distraídos las aun vacías calles, y algunos dormitaban mientras de fondo se escuchaba alguna saya de moda. Daniel pensó en Matilde y en todo el dolor que le habría causado su repentina decisión de escapar de Lima, y por un momento sintió remordimiento.

Si el amor consistía en la capacidad de sentir empatía por los sentimientos de la otra persona, por primera en su vida Daniel estaba dispuesto a aceptar que estaba enamorado, pero antes de aceptarlo se detuvo a sí mismo y se obligó a mirar por la ventana la gran montaña que presidía a la bella ciudad. Entonces pidió que detuvieran el bus y le entregó un billete de diez bolivianos al chofer. No esperó el cambio y bajó.

Entonces sintió el frio de la lluvia y el viento, y a lo lejos pudo percibir el ligero olor del pan recién horneado. Quiso sentarse bajo la lluvia y mojarse en el pequeño parque en el que estaba, pero a pesar de su deseo se retuvo pensando en la vergüenza que suponía que pensaran que era un loco o una persona muy tonta. Entonces recorrió un par de cuadras cuesta arriba y entró a una pequeña tiendecita que comenzaba a abrir sus puertas. En ese momento volvió a sacar la libreta de direcciones y notó que una gota había caído en la página marcada, y que la tinta estaba ligeramente difuminada. Por un instante creció en él la cólera de un niño cuando destruyen uno de sus dibujos pero luego se dio cuenta de que la dirección algún era legible: La Plata 378.

martes, 6 de diciembre de 2011

Kundera


"Esta parte de la historia podría servir de parábola sobre la fuerza de la belleza. El señor Zaturecky, cuando vio por primera vez a Klara en mi casa, se quedó tan deslumbrado que en realidad no la vio. La belleza formó ante ella una especie de cortina impenetrable. Una cortina de luz tras la cual estaba escondida como si fuera un velo."

El libro de los amores ridículos.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El burócrata entendido como escoria


No me voy a conformar. Si nací en un país de mierda, como de hecho lo es, eso no es pretexto para quedarme paralizado y mimetizarme con la hediondez a mis alrededores. Yo soy mucho más que lo que me rodea y parte de mi misión es hacer algo por que todo mejore. Porque te han vendido la falsa y puta idea de que todos somos así – la peruanidad la llaman - , de que es el sistema, que es irremediable. Eso no es cierto, porque somos cientos, miles, millones los que estamos hartos de cómo funcionan las cosas, con corrupción y componendas, y no nos vamos a conformar. Porque nos llega al pincho el inmovilismo traducido en conservadurismo y espíritu mercantilista, porque si no entendemos al individuo antes que el poder, perdón, si el “sistema” no lo entiende, pues tendremos que hacérselo entender nosotros (con la potencia de un grito salvaje y reprimido). Ya estoy harto de que me traten con dadivas y favores, que me digan que todo va a mejorar o de que lo que se necesita es tender puentes de dialogo. Se necesita que entiendas de una maldita vez que tu lugar como burócrata no es servir a ningún etéreo o inexistente “interés público” o “bien común”. Tu labor es servirme a mí que te miro con infinito desprecio, y a él, él, a ella, a ella, y a cada uno – perfectamente individualizado – de quienes llenamos tu despacho. No te tengo que agradecer nada, más bien tu deberías lamer mis zapatos por permitirte reptar un trabajo con mis impuestos. Si el Perú hoy, ahora, no entiende eso está destinado al fracaso. ¡Reacciona mierda!