sábado, 3 de septiembre de 2011

Palíndromos.

Átale, demoníaco Caín, o me delata.
Julio Cortazar.

En número capicúa no es más que una especie de palíndromo. La afición de Daniel por ellos comenzó a su ingreso a la universidad Católica, cuando un reto para los cachimbos del primer ciclo incluía presentar un boleto de bus con un numero capicúa. Magdalena, la delegada del salón de cachimbos había resuelto el problema escaneando con destreza uno de los boletos del bus que recorre toda la avenida Arequipa y llega hasta el parque Kennedy en Miraflores, y colocándole una serie de números que, en su composición, formaban un capicúa, 517715.

Aun años después Daniel recordaba dicha combinación con demasiada insistencia. Trataba de reconocer un plan secreto de Magdalena detrás de esa aparente elección azarosa de cifras. Tal vez había estructurado un complejo juego de simbolismos que deparaban placeres intelectuales sin igual a quien los descubriera. Tal vez y la respuesta a todos los secretos de la vida y la muerte se encontraba en ese muestreo aleatorio de cifras. O tal vez no, de hecho eso era lo más probable.

Pronto Daniel amplió sus objetos de investigación y ahora buscaba clasificar a los capicúas en distintas especies y jerarquías. Le atraían de manera especial aquellos en los que se repetían las cifras varias veces para la conformación final. De entre ellos le gustaba el 999 porque le parecía un satanismo velado por el juego del espejo.

Pronto los números resultaron insuficientes y era necesario encontrar nuevas e infinitas formas de expresión con las palabras. Daniel discutió con Augusto, un buen amigo que estudiaba literatura, sobre la posibilidad de construir narraciones palíndromas con un valor literario respetable. Augusto discrepaba, para él el valor de la escritura se encontraba no tanto en el artificio estructural escogido sino en el contenido, pero para Daniel ambos conceptos se encontraban indisolublemente entrelazados de tal manera que construir un cuento palíndromo era un imperativo de estética literaria.

Daniel pensó en expandir los límites del lenguaje llevándolo hasta el borde del absurdo. Ideó narraciones secretas escondidas en una lectura que solo considere una cada cuatro o cinco palabras, de tal manera que haciendo esto se llegue a una historia con un final completamente distinto al de la misma leída de manera simple.
Pensó en cuentos que pueden ser sometidos a relaciones de copropiedad porque contienen en realidad una serie duplicada de narraciones, unas en la primera mitad de cada hoja y otras en la mitad inferior, además de la narración leída de manera tradicional en toda la hoja. Pensaba que de esa manera el literato hacia una deferencia para con su público al regalarle en realidad tres cuentos en donde solo debía haber uno. Por supuesto, todos estos eran juegos de finura. Jamás Daniel se atrevería a revelar las estructuras secretas de sus narraciones a los novatos.
Cuando conoció a Matilde encontró en ella a la admiradora soñada de sus pretensiones literarias. Ella misma había desarrollado una afición escurridiza por los números capicúas, de tal manera que sostenía en su memoria, con todas sus fuerzas, el recuerdo de indescriptible felicidad de la primera vez que recibió un boleto capicúa en los enormes y viejos buses que recorrían toda la avenida Brasil cuando era niña, 617716.

Pero había algo que a ella le disgustaba de los capicúas de seis cifras de los boletos de autobús, y era la necesaria repetición de la cifra central, 77 en el caso de su primer capicúa y que solo desaparecía con aquellos impares que no existían en el transporte público. Le parecía un rasgo tosco y que hacia demasiado evidente el juego de la vista para identificar a los capicúas.

Por esa misma razón despreciaba la facilidad de los capicúas compuestos por 8 y 0, porque era simple la lectura e identificación de las cifras. Prefería aquellos números con algún 7 o 9. Y de entre todos los números, definitivamente el 9 era su favorito. No es cierto, el 9/6 era su favorito porque era un número de identidad andrógina e indefinida, sexualmente 9 pero con la posibilidad de desempeñar un rol de género como 6 y viceversa.

Matilde no encontraba mayor placer en otro tipo de palíndromos. Cuando Daniel le hablo de aquel que construyo Julio Cortázar alguna vez, ella rápidamente paso a otro tema relacionado a la arquitectura secreta de las estructuras numéricas.
Y es que ella admiraba a las ecuaciones por su poder simbólico más que por su reto intelectual. Solía navegar por internet para buscar ecuaciones retorcidas de belleza indiscutible.

La arquitectura secreta del tiempo debía depararles una vida juntos, compartiendo la afición por el ejercicio de ir y volver y leer lo mismo, interpretar lo mismo o entender lo mismo. Y es por eso que en la muerte de Daniel, busco Matilde una vuelta a los primeros instantes, algún detalle se le debía haber pasado por alto y por eso no pudo predecir el día, hora y lugar de la muerte de Daniel y poder despedirse.
Cuando el teléfono sonó y le dijeron que Daniel había sufrido un paro cardiaco en el tribunal en el que trabajaba, Matilde sintió un horror profundo producto de no poder describir y antelarse a los juegos del tiempo que debían ser como los números capicúas.

Reviso las cartas juveniles que le enviaba Daniel, todas con originales juegos narrativos que terminaban en el punto de inicio pero en ninguno se hacía referencia a la antelación de los sucesos futuros. Daniel, tanto como ella, a pesar de tantos esfuerzos no había podido llegar a una solución sobre la pregunta crucial de todo número capicúa.

Pero mientras iba a la casa de la hermana de Daniel, tanto tiempo después subida en un autobús por su estado nervioso crispado, notó que el boleto de la ruta que iba desde Miraflores hacia Lince por la avenida Arequipa tenía el número 517715. Por supuesto, esto no la sorprendió porque para ella este número, a pesar de ser un simple capicúa, no representaba nada más.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Aerolito


Agrupo las estrellas en parejas para identificarlas más fácilmente. Es un hábito extraño para el común de especialistas, quienes tienden a buscar figuras imaginarias construidas del infantil ejercicio de unir puntos en el espacio. Buscan constelaciones.

Mientras intento buscar una razón para dicha manía – y pienso en las historias sobre los amantes de Platón – veo con pánico y luego resignación que solo quedan dos cigarrillos en la cajetilla que compre hace tan solo un par de horas. Pronto se terminarán y deberé seguir mi camino. Ciertamente extrañaré la inusual comodidad de esta piedra con complejo de sillón en la que me encuentro sentado.

Veo claramente las luces del puerto y ensayo nacionalidades para los marineros al interior de los enormes barcos que iluminan el mar. ¿Sera cierta la fama de Donjuanes de los marineros? Por el bien de los mitos urbanos espero que así sea.

Veo también – privilegiada vista – las casas que se agrupan embutidas debajo de la colina. En una de ellas crecí yo, ahora la reconozco claramente a pesar de que no hay ningún detalle que la diferencie de las demás. Es tan grande, de belleza tan discreta y de colores tan sobrios como las demás, son como animalillos idénticos y temerosos.

Las luces de lo que solía ser la habitación de mis padres están prendidas y dentro creo reconocer el perfil de un niño que salta en su cama. ¿Hace cuánto yo vivía ahí?, debía ser hace unos 15 años, cuando era un niño de escuela primaria.

Casi siento la presencia de mi hermana con la cara pintada mientras ensaya la voz de un corsario británico para jugar a los piratas. Sonrío. Que pretenciosos que éramos para ser tan pequeños. Mientras otros mocosos jugaban a las guerritas entre Perú y Ecuador, nosotros jugábamos a los piratas contra los corsarios o al obrero Petrov contra los sucios hombres del Zar ruso, ambos juegos aprendidos de los viejos libros de mi abuelo el comunista.

Hace cuánto y hace cuan poco que fue eso.

De pronto veo una luz que cae del cielo a una velocidad imposible para cualquier artilugio humano y un sonido seco que nadie en la ciudad ha percibido. Ha sido un instante peculiar que no quedará registrado en ninguna cámara o si quiera memoria colectiva así que lo más heroico que se me podría pedir es investigar los hechos a fondo.

Pero mientras caminaba hacia el lugar del impacto – donde creía que había caído ese extraño objeto – recordé la razón por la que había comenzado esta caminata. Uno nunca sabe cómo la mente lo va a hacer divagar entre cientos de temas en una caminata de noche oscura así que es necesario anclarse en un pensamiento que, llegada la hora, le recordará al caminante quien es y que hace en medio de callejuelas solitarias. Sin aquellos anclajes con la vida cierta es muy probable que entre en una casa desconocida, con gesto de desconcierto al ver que aquellos muebles no son míos, que la mesa de madera antigua y ruidosa no es la mía, que esa niña pequeña que colorea un libro de dibujos japoneses no es mi hija. Sin el motivo para iniciar la caminata cifrado en un recuerdo exótico creería que la casa debajo de la colina en la que un niño salta en su cama sigue siendo mi casa, y que mis padres están muy preocupados por lo tarde que es y porque aún no he regresado. Caminaría distraído contando las monedas de mi bolsillo para lograr con sufrimiento comprar una entrada para el viejo cine que pasa tres películas por el precio de uno. Sin saber que ya he crecido y que estoy recordando algo de aquellas épocas me sentaría en la acera frente a la casa de Matilde a esperar que ella salga con su madre a la misa de las seis de la tarde. Si ahora hiciera esto la pena y el vacío – hoyo más propiamente, como una abertura infinita dentro de los órganos que nos dan vida – me abrazarían con el contar de las horas. Matilde no saldría a las seis, siete, ocho…

Pero ya sé que ella no va a salir y es en este punto, paciente lector, en el que comentare la historia en la que anclo el inicio de mi caminata. Como todas en estos tiempos tiene que ver con Matilde y las seis de la tarde, con estar otra vez en la pequeña ciudad del puerto y ver las casas embutidas e iguales entre sí.

La historia no es una historia propiamente pues no consiste en una introducción a los hechos, un desarrollo o nudo argumental y un desenlace de aquellos que dejan a un espectador o lector sin aliento, es simplemente una historia lineal y común. Vernos a los dos sentados en la vereda frente a su casa exactamente a las cinco y cuarenta de la tarde. La madre de Matilde volverá del trabajo en cinco minutos y dejará su bolso rápidamente. Llamará por toda la casa a su introvertida hija y la encontrara entre libros de cuentos escritos en francés mandados por el padre marino desde las lejanías africanas.

Matilde fingirá que la tarde se le paso volando y que los cuentos le han enseñado tantas cosas que es difícil recordarlas en un instante. Pero eso ocurrirá a las cinco y cincuenta cuando la madre entre en la habitación de Matilde porque ahora, en el tiempo de la historia que les vengo contando – ella está sentada conmigo.
Mi casa se encuentra a unas cuatro cuadras y en esa dirección podemos sentir el olor del pan recién horneado. Matilde esta callada mirando una piedrita entre sus zapatos de charol. Yo espero algún comentario decisivo para marcharme y mi ansiedad en la espera se hace cada vez más evidente. Mastico la piel que rodea mis uñas y muevo las piernas de manera nerviosa y arrítmica.

En ese momento ella voltea la mirada y la historia termina dejando una enorme sensación de anacoluto que espero compartir contigo lector. Por eso tomo una casaca negra del armario del hotel y salgo apresurado a caminar por las calles. Los negocios se han pospuesto por unos días porque los contratos que debía firmar se han entrampado en nuevas negociaciones.

Es ahí cuando compro la cajetilla de cigarros que abría de depredar con velocidad de adicción. Paso fuera de la casa de Matilde y veo una bella cerca nueva de color blanco. Un petiso corre hacia mí y ladra con potencia inusitada para la ridiculez de su físico pero basta para que me rinda y acelere el paso.

Las historias se entremezclan y ahora que me alejo hacia la acera del frente de la casa de Matilde la veo saliendo con su madre y son las seis en punto.
Es una pequeña de belleza elegante. No es precisamente deslumbrante pero es imposible escapar a la profundidad de sus ojitos. Podríamos decir que es una niña risueña y yo un pequeño triste. Se marcha de donde estoy cantando una de esas melodías patrióticas que nos hacían cantar en tiempos en los jardines y primarias.

Luego estoy sentado en una piedra tan cómoda como un sillón y veo un bólido en el cielo que revienta contra la tierra en una explosión que toda la ciudad ignora. Ahora me dirijo al lugar de la caída haciendo esfuerzos agotadores por recordar la melodía que cantaba Matilde mientras se alejaba de la piedrecilla que había estado entre sus zapatos.

Veo una luz azul tenue a medida que me acerco al lugar del impacto y una música extraña proviene desde el fondo del cráter formado alrededor de un pedrusco negro.
Ese es el color del cabello de Matilde la tarde de la historia y esa es la melodía que ella canta con tanto vigor

“…con la sangre y el alma pinto los colores de mi pabellón…”

Ese soy yo sentado con la pierna nerviosa y una lagrima que cae presurosa de mis ojos. Esa es la piedrita negra que Matilde veía mientras estábamos sentados, la que estaba entre sus zapatitos de charol. Esa piedrita es esta y ahí estamos.

jueves, 18 de agosto de 2011

Old men


Daniel se refería a él como un “gran hijo de puta”, el que había engañado a su madre cuando él apenas entraba a la secundaria. Sin embargo no podía evitar temblar y sentir su piel helada. Su pecho saltaba con una intensidad inverosímil y pasaba la saliva desde su boca hacia la garganta con una dificultad insoportable. Su viejo lo esperaba en un autoservicio de la panamericana sur, el que estaba a la entrada de Asia a las once de la noche. Lo reconocería por la evidencia de la edad, la soriasis y un saco de gamuza color tierra. Se puso a pensar ¿Cuántos hombres vestirían sacos de gamuza? ¿Cuántos de ellos, además, serían tan o más hijos de puta que su viejo?

Era una manera de pasar el tiempo, pensar en esas coincidencias absurdas que abundan en la existencia, o, como pensaban algunos autores de los que había leído, tal vez no se trataba de coincidencias sino del entramado intrínseco del mundo, una red de raíces que se extiende de tal manera que muchas de sus manifestaciones pertenecen a lo que estúpidamente – ignorancia, maldita ignorancia – llamamos coincidencias.
Matilde sostuvo la mano de Daniel con fuerza y le provoco ternura la frialdad de su piel. Pensó en su vida antes de conocerlo, de las noches llorando en el baño mientras abría la ducha en una técnica aprendida de una de esas películas de Hollywood. Pensó en la extraña sensación que sentía en el pubis cada vez que quería orinar por las mañanas, de su deseo por perpetuar esa agradable tortura, tal vez lo amaba ¿lo amaba?, concepto tonto, grandilocuente, de fonética dolorosa y pretenciosa.

Daniel giro a la derecha hacia el final de la calle y se internó en la autopista al sur. A ambos lados de las vías se veían enormes carteles publicitarios de cigarros y cervezas. Matilde pensaba en un enorme pene que aplasta al género femenino y convierte a las mujeres en instrumentos del consumo y engranajes del mercado. La vedette más promocionada del momento tenía dibujado el logotipo de la empresa cervecera en las nalgas y una frase complementaba el aviso en la parte inferior. Desde donde estaba, en el sitio del copiloto, Matilde no logró distinguir la frase pero imaginó, en una suerte de ejercicio mental ciertamente divertido, cientos o miles de lugares comunes de la falocracia moderna. “Mamita”, “ricurita”, “bombón”, “flaquita”, “cuero”, “lomo”. Eso. Lomo. La cosificación final. Los placeres de la alimentación voluptuosa y la fugacidad del apetito en el intervalo que termina con la saciedad. El mercado en una frase. Lomo, lomaso, ven que te cómo y cuándo te termine fuiste, ya no eres, ya no existes.

En ese espacio de tiempo Daniel había estado buscando en el dial una radio que tocara alguna canción de Soda Stereo. Quería imaginar que ya que haría el sacrificio de ver al hijo de puta de su viejo, Ceratti reviviría esta noche y acompañaría su sacrificio por los padres e hijos enfrascados en relaciones disfuncionales. Fue en vano. La radio turnaba los alaridos de la faraona de la cumbia y las plegarias afiebradas de un predicador apocalíptico. Reza Daniel, reza que el mundo se acabará mañana.

- No llores huevon
- No es nada, es que me entró algo al ojo.
- Ja, no seas tonto. Mira la pista y piensa en otras cosas. Sera rápido, lo vemos, lo saludamos, le decimos que nos vamos a casar y nos vamos, y si quieres nunca más lo vemos.

Todos tenemos todos los datos de todas las historias del mundo. Es decir, tenemos la imaginación suficiente para recrear las historias hasta en sus detalles más nimios. El problema está en construir la historia adecuada con los datos de que disponemos.
Daniel había escuchado ese razonamiento en algún lugar alguna vez, pero no recordaba ni en donde ni cuándo. Había vivido la historia y aun así no podía recrearla en su mente. ¿Qué fue de su papa? ¿En qué momento lo comenzó a odiar?

Cuando conoció a Matilde ya odiaba a su viejo. En realidad odiaba cualquier cosa que se adecuara al rol familiar del padre. El suyo había abandonado el hogar cuando Daniel entraba a la secundaria y antes de irse grabó una frase de esas que se adhieren a la mente de los muchachos adolescentes como un crustáceo parasitario. Y aun así Daniel la había olvidado, al menos literalmente. Le había dicho que nunca seria nadie, que su vida sería un fracaso, como la de él. Y luego se había intentado levantar del sillón aplastado por su peso y había rodado por el piso tapizado hasta golpear la pata de la mesa y quedarse dormido luego de un par de interjecciones.
A la mañana siguiente despertó con una resaca pertinaz y densa, dijo que iría a la farmacia y no volvió más. Durante un tiempo, Daniel lo debe confesar, el sintió calma y paz. Se había ido, el magnánimo, magnifico y paquidérmico hijo de puta de su viejo se había marchado para no regresar. Había miles de hogares que funcionaban sin padres y lo hacían muy bien, la vida era dura y había que adecuarse a lo que se tenía.
Doña teresa, su madre, había llorado mucho. Matilde la entendía. Matilde tenía un instinto maternal – lo que quiera que eso signifique – ampliamente desarrollado. Podía encontrarle dulzura a un bebe bocón con olor a orines y con mocos que le colgaban de la nariz. Pensaba en todo antes de que si quiera uno pueda imaginar las disparatadas situaciones que terminaban ocurriendo. Una vez había llevado repelente para mosquitos a un viaje a la sierra y el auto se había estropeado en un infernal valle interandino de millones de insectos fructíferos. Así era ella, una condensación de lugares comunes sobre la mujer. Y amaba y detestaba serlo, porque se amoldaba a los patrones de género claramente establecidos. Era chica, era delicada, era frágil y de belleza etérea. Carajo, etérea ¿Qué coño es eso? ¿Y dónde está lo viril, lo “queer”? ¿Lo que hacía que la performance de género de Matilde fuera no femenina ni masculina? Tal vez, y le gustaba pensarlo así, era su especialidad en teoría sociológica de género o sus amistades “open mind”. Encontrar un modo de vida no estereotipado en esta ciudad era difícil pero ella se esforzaba y, al fin de cuentas, se sentía a gusto la mayoría de las veces.

Doña Tere se había acostumbrado a la ausencia del “hijo de puta” y había construido un hogar estable en base al rigor de los permisos nunca otorgados y la exigencia de excelencia académica. Logró criar, entre cuchicheos y chismes, a sus cuatro hijos consiguiendo que todos llegaran a la universidad, y ahora vivía plácidamente con una de sus hijas en Miami. De todos, al que menos entendía era a Daniel. Y aun así lo amaba. Tal vez porque le resultaba enigmático e incomprensible y porque sus silencios y mirada triste le enternecían.

Daniel pensaba en eso como en su encanto. Un encanto estúpido, se reprochaba a veces, pero fue lo que hizo que Matilde se fijara en él al fin de cuentas.
Tres años después del abandono y mientras fumaba hierba con su primera enamorada Daniel vio a la silueta fugaz de su padre en un suburbio de la ciudad, entre basurales y casuchas con olor a humedad. Estaba enjuto y con una barba canosa de mal aspecto. Él lo vio pero el viejo no vio a Daniel, y al verlo este palideció. La noviecita pensó que era por la hierba e intentó hacer que deje el porro y camine un poco. Desde entonces escondió el secreto celosamente pues temía que su madre buscara al viejo en ese peligroso suburbio. Además ¿Qué hacías ahí Daniel? ¿Con quienes te juntabas que vivían en esos lares de ciudad? Lo mejor era esconder el secreto como una historia que con el tiempo se tornaría mítica e increíble “¿Tu papa?, no hijo, él se fue con una puta chilena cuando apenas comenzabas la secundaria” había que creer eso, había que vivir en esa idea. Tu viejo, aun gordo, obeso, se había escapado con la puta barata esa, la que hablaba con dejito cantado y olía a perfume de imitación.

- ¿Quieres comer algo?
- No, ya nos falta poco, mejor seguimos en camino.
- Pero tenemos tiempo, estamos temprano y estas que te mueres de frio.
- En serio, no te preocupes ¿No tenías un chocolate en el bolso?
- Si, toma.

El papa de Matilde murió tres días después de su graduación así que, en cierto modo, era un padre afortunado. Había logrado ver a su pequeña Mati con la toga y la medalla de graduación, recibiendo un diploma a nombre de la nación. Raúl, su papa, había llorado de la emoción y tres días después el pacto con la existencia terminó. El cáncer lo había perdonado un par de años pero las expectativas habían mejorado justo antes de la muerte. Matilde pensó en esas tantas historias que hablan de la leve mejoría antes de la muerte, una suerte de gracia divina final.

Daniel le recordaba mil cosas de su papa. Era también tímido, callado, le gustaba leer. Cuando estaba de buen humor era bromista y siempre cariñoso. Aun en sus silencios. Aun en sus momentos hostiles ambos despedían un aroma melancólico que incitaba a besarles la frente. “Si algún día descifran los sentimientos seguro la melancolía tendrá el olor de mi papa” pensó Matilde. Las manos de Daniel seguían heladas pero por lo menos ahora comía un chocolate triangular con una lentitud exasperante.

Los carteles se sucedían con mayor espacio mientras avanzaban los kilómetros, y una neblina baja entrampaba las curvas de la pista. Era mitad del invierno y desde que salieron de Lima había estado garuando. Daniel sentía que el carro resbalaba en cada giro que realizaba y los ojos se le comenzaban a cansar por el esfuerzo. Asia, 10 kilómetros.

- Ya estamos llegando, ¿no estés nervioso si?
- No te preocupes.

La beso en la frente para calmarla. Porque sus nervios eran ahora también los de ella. Estaba enamorado. Recorrieron 8 de los 10 kilómetros en pocos minutos porque la carretera era recta pero al final se sucedían dos pequeñas curvas que fueron especialmente dificultosas por el terreno. A los costados, míticos fantasmas de tamaños inverosímiles extendían sus perfiles por decenas de kilómetros y poco a poco se divisaban más luces del balneario.

- Ya llegamos ¿Cuál es el grifo?
- Creo que es el de allá al fondo

Daniel sintió palpitaciones más fuertes y creyó que amaba a su padre. Lo vio con un polo blanco sosteniéndolo mientras Daniel creía que estaba nadando. Lo vio enseñándole a jugar ajedrez, lo vio cargándolo al lado de la cuna, en el primer día del nido, amenazando al bravucón que le quitaba los almuerzos. Pensó en la puta inexistente que le había quitado a su viejo y pensó en el hombre de los arrabales con la barba larga y el cuerpo magro. Pensó en Doña Tere y los vio a ambos por el retrovisor, sosteniéndolo de las manos y cargándolo hacia alguna diversión en uno de los tantos circos que llegan a Lima en fiestas patrias. Amaba infinitamente al hijo de puta que estaba por reencontrar y pensó que Matilde celebraba todo el amor renovado que profesaba por su viejo. Matilde hacia ademanes desesperados con las manos mientras una infernal sirena comenzó a inundar como sangre espesa los pensamientos de Daniel. Nunca volvería a ver al hijo de puta de su viejo porque esa bestia de la sirena ruidosa estaba a punto de destrozar el Toyota Corolla que conducía Daniel. Matilde se salvaría porque su ubicación era idónea, su las milésimas de segundo se pudieran extender por horas le explicaría con lujo de detalles todo el monologo que tendría que decirle al viejo, pero no había tiempo para tanto, ni si quiera para un último beso en la frente antes de la embestida.

martes, 9 de agosto de 2011

El libro de los suicidios


“Hay muchas hierbas que administradas con cautela son excelentes medicamentos, pero en dosis excesivas provocan la muerte”

Umberto Eco, En el nombre de la Rosa.


[“¿Ha tratado usted de reflexionar sobre su caso?”
Silencio.
“¿Por qué con veintidós años se desencadena en usted esta violencia? Tiene usted que hacer un esfuerzo de análisis. Es usted quien tiene las claves de usted mismo. Explíqueme”
Silencio.
“¿Por qué reincidiría usted?”
Silencio.
Un miembro del jurado, toma entonces la palabra y exclama: “Pero bueno, defiéndase usted”]

Michel Foucault, La evolución del concepto de “Individio peligroso” en la psiquiatría legal del Siglo XIX.



El libro de los suicidios, finura bibliográfica que encontré entre los pasillos de la vieja biblioteca nacional, recoge en cuatro volúmenes de exquisita conformación y acabados las muertes más extravagantes y angustiosas de la ciudad de Lima. Es curiosa la manera en la que llegue al libro, haciendo averiguaciones sobre un criminal que se valía de reportes antiguos de la policía y de viejas noticias policiales de los años veinte y treinta para recrear las escenas e ir armando un argumento que se suponía debíamos descifrar. Bueno, debo confesar que desde el inicio no tuve la menor intención de informarle a la policía sobre el refinado método del asesino, preferí guardar tamaño placer para el ajedrez mental que veníamos jugando.

Logre anticipar tres de sus actos entre el verano y el invierno de 1993. Los mismos reproducían las escenas de suicidio de un mago turco itinerante que en el año 1922 había llegado a un teatro del Rímac para presentar un inédito show de ilusionismo. Mientras intentaba ser sepultado vivo, tomó una pastilla con veneno de serpiente líquido y murió antes de salir a la superficie, por lo que durante mucho tiempo se pensó que el hombre había fallado en el intento. La segunda escena que pude anticipar fue la de un obrero del Cercado de Lima que murió en el año 1935 mientras escuchaba un programa cómico en la radio. Las primeras noticias daban cuenta de un fallo cardiaco debido a que el hombre no había parado de reír durante aproximadamente una hora. Luego se supo que mientras reía había logrado cortar las venas de su muñeca con un pequeño cuchillo que traía en el bolsillo, y la cercanía de la muerte le había producido carcajadas de locura. Sus compañeros lo recordaban como un hombre valiente y con una tendencia peculiar a tratar temas escatológicos en las horas libres en que jugaban a las cartas. La tercera escena no calificaba exactamente como un suicidio, sino como un accidente, pero igualmente el libro le dedicaba una página que no detallaba el año ni el nombre de la víctima. Solo se citaban testigos que decían conocerlo y saber que era cajamarquino, de aproximadamente 32 años, casado y con dos hijos. Se dedicaba al incipiente negocio de la pirotecnia y tenía un taller en La Victoria. Con las cercanías del aniversario de Lima se le había encargado la elaboración de un castillo de fuegos artificiales, y aprovechó la ocasión para poner a prueba su nueva invención, un cohete humano. Durante las celebraciones todos los asistentes vieron sorprendidos a un hombre sentado en un trono de maderillas que resistían endeblemente su liviano peso. Uno de sus ayudantes encendió la pólvora y después de una ruidosa explosión y de que el humo se hubiera esparcido, solo quedaban sanguinolentos pedazos de carne regados por la acera y las paredes. El público huyo horrorizado y el libro de los suicidios capto con un boceto las escenas de sorpresa ante el espectáculo.

Mi asesino, así es, había logrado hacerlo mío (con un adjetivo posesivo) en base al conocimiento íntimo de su método, había logrado transformar estas anécdotas históricas en remakes de la Lima suicida de aquellos años. En los periódicos – Dios los disculpe por su exiguo conocimiento histórico – se seguía hablando de accidentes o suicidios, y las muertes, más que en la sección de policiales, se podrían incluir en las columnas de amenidades.

Nada más lejano de la realidad. Mi asesino había transformado escenas casuales desde la perspectiva de la voluntad que se dirige hacia la muerte. Ya no eran los propios protagonistas y muertos quienes ideaban sus inusuales desapariciones, sino un historiador y tradicionalista limeño quien recreaba a la ciudad aristócrata de la época.

El caso me tenía fascinado. Aprendí de memoria las siguientes quince escenas de suicidios descritas en el libro y esperé pacientemente a que una de aquellas descripciones coincidiera con las noticias del día en el periódico. En el camino noté con desilusión que las descripciones de hoy distaban del lujo y pompa del léxico antiguo, que le daba majestuosidad a un montón de carne reventada en una plaza. Hoy se hablaba con una jerga ininteligible, y la belleza de las muertes, último acto de respeto de los vivos hacia los muertos, se transformaba en el culo gigantesco de una morena que incitaba al acto sexual al lado de una escueta frase “Tío se mata de risa”, o “Loquito revienta con fuegos artificiales”.

Lima se ha banalizado, pensé. Y por un instante la empatía crucial de quien entiende al asesino y por ello se coloca en la condición de adivinar su próximo ataque porque es también el de uno mismo se apoderó de mí. Había que recobrar a la ciudad de novela negra que teníamos entonces, una urbe cosmopolita e irónica, capaz de dotar de lirismo y poesía a las curiosidades cotidianas de una autentica ola de suicidios. Hoy en cambio, los periódicos hablaban de estadísticas, de un incremento desmesurado del número de suicidios y accidentes estúpidos en la ciudad, a la vez que advertía a los padres de establecer mayor comunicación con sus hijos, si no los querían encontrar en una última escena ridícula a la mañana siguiente de su última cena.

El libro hablaba de un jockey que moría al golpear a propósito su cabeza contra la vértebra de su caballo antes de llegar a la meta. Posteriormente el caballo ganaba la carrera y el tipo caía rendido e inerte del equino frente al estupor colectivo. Debía dirigirme al hipódromo lo antes posible. Era probable que el asesino le diera veneno al desdichado jockey, y que eligiera justamente al caballo más elegante y veloz de los disponibles. Muere el jockey y gana el caballo ¿Acaso tan bella anécdota no merecía una caratula en primera plana escrita por un maestro de la literatura? Tal vez y lo único que venía buscando el psicópata era una escueta y bella reseña de una de sus obras, no redactada por un incompetente periodista de escaso vocabulario.

Entre los asistentes encontré a varios amigos que me informaron que el caballo “Furioso” era el favorito para ganar la carrera más importante de la tarde, así que compre un boleto y aposte más de cien soles por el preferido del público. El único que le podría hacer algo de sombra era un joven potranco traído desde Yemen, país del que hasta entonces solo imaginaba como un rico exportador de petróleo. La tarde era gris y fría. Corría mucho viento en dirección este-oeste, lo que debía facilitar la velocidad para los caballos. Pensé en el diseño aerodinámico de las bestias en oposición a la torpeza humana. Pensé en el placer y la evocación de libertad que genera ver a una familia de equinos recorrer una playa sin monturas en sus lomos. Luego pensé en la cara del asesino y sonreí porque tenía una ausencia absoluta de los rasgos toscos y brutos de los sicarios o de quienes mataban por emociones violentas. Estaba frente a una persona de porte estiloso, de nariz respingada y esbelta figura, y alto, muy alto, blanquísimo. De pronto desmayé

El Informante, 25 de Agosto de 1993:

Un hombre de mediana edad murió ayer en el Hipódromo de Monterrico mientras presenciaba la carrera principal de la tarde. Aunque inicialmente se había reportado que la muerte se debió a un fallo cardiaco, el investigador Renato Esparza confirmó esta madrugada que la muerte tuvo su origen en la ingesta de arsénico en pequeñas cantidades pero con gran reiteración, puesto que la víctima había tenido vómitos y dolor abdominal antes de morir.
Trascendió que las razones del suicidio podrían encontrarse en una fuerte depresión pues el hombre vivía solo y no tenía hijos.
"Comenzó a vomitar y a ponerse pálido y cuando lo ayudamos mencionó una cosa extraña sobre un libro y una trampa que le habían tendido pero claramente estaba desvariando", informó en entrevista un testigo.
Por otra parte las autoridades manifestaron su preocupación y compromiso para cesar con la ola de suicidios que asolan la ciudad y que vienen cobrando decenas de víctimas en lo que va del invierno.
El Alcalde precisó que según informes de la oficina de salubridad pública se han reportado casos de cuatro menores, cinco hombres adultos y dos ancianos en las últimas semanas.